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El Niño ha frenado los huracanes del Atlántico, y por eso esta temporada ya es récord

Por el meteorólogo Chris Dolce, CNN

No se ha formado ningún huracán en el océano Atlántico tras 103 días de temporada, una espera récord impulsada por un potente fenómeno de El Niño que sofoca las tormentas incipientes.

Hasta hoy, el 11 de septiembre era la fecha más tardía registrada para la aparición del primer huracán (casos de Gustav en 2002 y Humberto en 2013). O, al menos, la fecha más tardía que conocemos con certeza desde 1966, cuando los satélites comenzaron a rastrear los huracanes con mayor precisión.

El primer huracán lleva ya más de un mes de retraso y no hay perspectivas de que se forme ninguno en un futuro próximo.

El jueves marcó el pico estadístico de la temporada y, con solo cinco tormentas tropicales de corta duración hasta la fecha, esta se ha convertido también en la menos activa desde 1950, según Phil Klotzbach, experto en huracanes de la Universidad Estatal de Colorado.

El único sistema que estuvo cerca de convertirse en huracán fue la pequeña tormenta tropical Edouard, el 1 de septiembre. A Edouard le faltaron unos 22 kilómetros por hora para alcanzar la intensidad de huracán; se estaba intensificando cuando tocó tierra cerca de la frontera entre Texas y Louisiana, lo que lo privó del combustible que le proporcionaban las cálidas aguas del Golfo.

De cara al futuro, cabe señalar que algo más del 50 % de la actividad total de la temporada suele producirse después del 10 de septiembre, pero es probable que El Niño influya en la inhibición de la recta final de la temporada en el Atlántico este año.

El primer huracán del año pasado apareció a mediados de agosto, y otros tres se formaron en la segunda quincena de septiembre. El año pasado, ningún huracán tocó tierra en Estados Unidos; si la actual temporada de escasa actividad repite este patrón, serían los primeros dos años consecutivos sin que un huracán toque tierra desde 2009 y 2010.

No obstante, cabe destacar que los huracanes pueden encontrar oportunidades para desarrollarse incluso en los años de menor actividad, y ninguna temporada desde 1966 ha transcurrido sin registrar alguno. Un ejemplo notable es el huracán Andrew —de categoría 5—, que tocó tierra de forma catastrófica en el sur de Florida en agosto de 1992 durante una temporada que registró solo siete tormentas.

Septiembre es el punto álgido de la temporada de huracanes, ya que las aguas cálidas que alimentan las tormentas alcanzan su máxima extensión y temperatura, coincidiendo con condiciones atmosféricas propicias. En promedio, durante este mes se forman entre dos y tres huracanes.

Las consecuencias pueden ser peligrosas, como demostraron Helene en 2024 e Ian en 2022, que azotaron la costa estadounidense del Golfo como huracanes de categoría 4.

Actualmente, las temperaturas del agua son lo suficientemente cálidas para la formación de huracanes; sin embargo, la cizalladura del viento impulsada por El Niño —conocida como la “kriptonita” de los sistemas tropicales— ha obstaculizado las condiciones.

La cizalladura implica cambios en la velocidad y dirección del viento a diferentes niveles de la atmósfera, y tiene la capacidad de desintegrar desde sistemas tropicales incipientes hasta huracanes plenamente desarrollados.

Según Klotzbach, este verano la cizalladura ha alcanzado niveles récord en la llamada región de desarrollo principal del Atlántico, la cual se extiende desde África hasta el Caribe. Muchas tormentas se originan en esta zona durante el punto álgido de la temporada —entre mediados de agosto y principios de octubre—, pero este año la actividad ha estado prácticamente paralizada.

La tormenta tropical Dolly es el único sistema que se ha formado en esta parte del océano en lo que va de 2026; apenas 24 horas después, una fuerte cizalladura del viento la deshizo. Otros sistemas han intentado desarrollarse, pero también sucumbieron ante la cizalladura.

Los vientos destructores asociados a El Niño seguirán siendo un obstáculo para la formación de tormentas durante la recta final de la temporada de huracanes, aunque esto no es motivo para bajar la guardia.

Además, las tormentas de final de temporada suelen formarse más cerca de Estados Unidos, incluso en el Golfo y frente a la costa sureste. Estas zonas tienden a verse menos afectadas por la cizalladura del viento de El Niño, por lo que serán objeto de estrecha vigilancia.

Como ya hemos visto este año, no hace falta un sistema con fuerza de huracán para provocar impactos significativos, especialmente en un mundo que se calienta, lo que hace que los sistemas tropicales sean más húmedos.

Los remanentes de la tormenta tropical Arthur provocaron inundaciones generalizadas a lo largo de la costa central del Golfo en junio. Cottonport, Louisiana, recibió 73,8 centímetros de lluvia en 24 horas, cifra que pulverizó el récord estatal anterior de 55,8 centímetros establecido en 1962. Dicho récord aún está siendo revisado y certificado.

Las fuertes lluvias de la tormenta tropical Edouard, hace menos de dos semanas, causaron peligrosas inundaciones repentinas y operaciones de rescate acuático en el este de Texas. En una sola hora cayó el equivalente a un mes de precipitaciones, y los totales de lluvia superaron los 50 centímetros en algunas zonas al norte de Beaumont.

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