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Una nueva carrera espacial se desarrolla en el polo sur de la Luna y China quiere ganarla

Por Jackie Wattles, CNN

Una competencia espacial que se gestó durante décadas en el trasfondo de la geopolítica está pasando ahora a primer plano, mientras China demuestra rápidos avances tecnológicos y Estados Unidos intensifica su discurso sobre una posible batalla por el control del cosmos.

Solo en los últimos cinco años, China lanzó Tiangong, un moderno laboratorio orbital que rivaliza con la envejecida Estación Espacial Internacional (EEI), liderada por Estados Unidos. China también recuperó las primeras muestras de suelo de la cara oculta de la Luna, una hazaña que ninguna otra nación ha repetido.

Pero el plan de China de construir un asentamiento permanente en la Luna para 2040 ha provocado una respuesta urgente de los legisladores en el Capitolio. Han declarado una nueva carrera espacial, y la NASA promete construir un puesto lunar propio. A la tensión se suma que el desarrollo aeroespacial chino está rodeado en gran medida de secretismo, por lo que resulta difícil determinar con certeza qué país lleva la delantera. Sin embargo, existen algunas pistas.

Este año podría marcar un punto de inflexión decisivo, a medida que el polo sur de la Luna adquiere mayor importancia para ambos países.

La región ya es fundamental para las ambiciones de Estados Unidos y China porque los científicos creen que alberga hielo de agua. Este recurso espacial crucial puede convertirse en combustible para cohetes, aire respirable o agua potable, elementos indispensables para mantener un asentamiento fuera de la Tierra.

Estados Unidos y China planean enviar exploradores robóticos al polo sur a finales de este año, lo que prepararía el camino para posteriores misiones tripuladas.

Estados Unidos depende del sector privado para desarrollar y construir módulos de alunizaje robóticos de exploración y bajo costo. El país planea enviar a finales de 2026 al polo sur lunar un módulo llamado Griffin, desarrollado por Astrobotic Technology, empresa con sede en Pittsburgh. La misión, financiada por la NASA, buscará mejorar el desempeño de dos módulos anteriores, construidos por otra empresa estadounidense, que se volcaron cuando intentaban posarse sobre el terreno particularmente accidentado del polo sur.

China, mientras tanto, pretende lanzar su misión robótica Chang’e-7 tan pronto como este mes.

La compleja misión utilizará cuatro vehículos robóticos —un orbitador, un módulo de alunizaje, un vehículo explorador y un dispositivo móvil capaz de dar saltos— que trabajarán en conjunto para intentar recopilar datos sin precedentes. Incluirá instrumentos para perforar y analizar directamente el hielo de agua, algo que Estados Unidos no prevé intentar con misiones robóticas hasta el próximo año, como muy pronto.

“Si se logra localizar hielo de agua en la Luna, podría reducirse significativamente el costo y el tiempo necesarios para transportar agua desde la Tierra. Esto facilitaría el establecimiento de una base humana para realizar actividades de largo plazo en la Luna y permitiría ampliar la exploración de Marte o del espacio profundo”, dijo Tang Yuhua, diseñador jefe adjunto de la misión Chang’e-7, en una entrevista de 2025 con medios estatales.

La inminente oleada de actividades centradas en el polo sur, en medio de la escasez de normas internacionales que regulen sus resultados, intensifica esta rivalidad. La dinámica recuerda a la Guerra Fría, cuando los alunizajes de la NASA buscaban proyectar poder y mostrar al mundo que la tecnología producida por el capitalismo occidental era superior a la del comunismo oriental.

Pero las aspiraciones son ahora mucho mayores: se plantea un futuro en el que las personas puedan vivir en asentamientos permanentes, en lugar de limitarse a visitar la Luna. Por eso, lo que está en juego en esta nueva competencia espacial es aún más importante, de acuerdo con Clayton Swope, subdirector del Proyecto de Seguridad Aeroespacial del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, una organización bipartidista sin fines de lucro.

“La visión de largo plazo tardará generaciones en ejecutarse”, dijo Swope. “Pero imagino un escenario en el que nacen y mueren personas, hay familias y niños que crecen en un lugar que no es la Tierra. Eso se parece mucho más a una ciudad que a una expedición al polo sur”.

Si ese futuro se materializa, añadió Swope, espera que esas colonias fuera de la Tierra se rijan por normas afines a los ideales occidentales y los principios democráticos. Es una incógnita si China estaría de acuerdo.

Las ambiciones espaciales de China proceden directamente de su máximo dirigente.

El líder chino Xi Jinping ha calificado como un “sueño eterno” convertir al país en una potencia espacial. Desde hace tiempo vincula esa ambición con su visión del “rejuvenecimiento” de China, que busca llevar al país a una posición mundial de poder y relevancia, incluida la ciencia y la tecnología.

“El ritmo de la exploración espacial humana es interminable”, dijo Xi en un discurso de 2020. “Paso a paso, emprenderán un nuevo viaje de exploración interestelar, harán nuevas contribuciones a la construcción de una gran potencia aeroespacial y harán realidad el gran rejuvenecimiento de China”.

Algunos nombres utilizados por el programa espacial chino también aluden a la profunda importancia cultural de la Luna. El programa lunar, por ejemplo, lleva el nombre de la diosa Chang’e, protagonista de un mito de hace 4.000 años y celebrada cada año durante el Festival del Medio Otoño.

Los objetivos del programa no son únicamente científicos, “sino también un sueño de la nación china desde hace miles de años”, dijo en 2015 Ouyang Ziyuan, científico jefe del programa.

Más recientemente, China se propuso ampliar sus actividades de exploración más allá de la robótica y convertirse en el segundo país del mundo que lleva a sus ciudadanos a la Luna.

“No escatimaremos esfuerzos para alcanzar el objetivo de lograr el primer alunizaje chino para 2030”, dijo en mayo Zhang Jingbo, portavoz de la Agencia Espacial Tripulada de China.

Después de que 12 astronautas de la NASA caminaran sobre la Luna y regresaran con unos 385 kilogramos de rocas y suelo lunar, nadie ha vuelto a pisar la superficie desde que concluyó el programa Apolo en 1972.

No está claro cuánto dinero destina China a su programa lunar, pues incluso los expertos que siguen de cerca sus actividades carecen de información sobre sus recursos financieros. Pero, por la rapidez y precisión con las que ha ejecutado sus misiones robóticas Chang’e, muchos expertos creen que alcanzará su objetivo de 2030.

CNN solicitó comentarios al Consejo de Estado de China, que supervisa la Administración Nacional del Espacio de China.

“Uno de los problemas con China es que no hay transparencia”, dijo anteriormente a CNN el exadministrador de la NASA Jim Bridenstine.

“Pero lo que sí sabemos es que, cuando se fijan objetivos, los cumplen”, añadió.

Bridenstine también ha dicho que cree que las próximas personas que caminarán sobre la Luna probablemente serán taikonautas, como se denomina a los astronautas chinos.

Eso preocupa a legisladores, responsables de políticas públicas y exdirectivos de la NASA. Aunque la hoja de ruta actual del organismo propone llevar astronautas a la Luna en 2028, el calendario ha cambiado varias veces y se prevén nuevos retrasos debido a problemas tecnológicos y de ingeniería.

El actual administrador de la NASA, Jared Isaacman, ha reconocido que China es “sin duda un gran competidor”, no solo en el espacio, sino “en todos los ámbitos”.

“Les digo ahora de manera concluyente que los chinos podrán hacer lo que los soviéticos no hicieron: llevarán a sus taikonautas a la Luna”, dijo Isaacman en una entrevista con CNN para el documental “Eclipsing Power: Musk, Bezos and the New Space Race”. No obstante, también ha dicho públicamente que está seguro de que Estados Unidos responderá al desafío y cumplirá el plazo de 2028.

Estados Unidos ha logrado avances importantes en la exploración espacial tripulada, especialmente con Artemis II, misión que llevó a cuatro astronautas alrededor de la Luna en abril.

Pero la NASA todavía no cuenta con un vehículo capaz de transportar astronautas hasta la superficie lunar.

Regresar a la Luna no es tan sencillo como repetir el programa Apolo. El organismo espacial no puede ni desea reproducir su éxito del siglo XX. Las cadenas de suministro, los maquinistas especializados y las fábricas que construyeron los cohetes, módulos de alunizaje y módulos de mando del programa Apolo ya no existen.

Además, mientras las misiones Apolo alunizaron cerca del ecuador, posarse cerca del polo sur es mucho más complicado y requiere vehículos más potentes.

La dependencia de la NASA del sector privado para desarrollar una nueva generación de módulos de alunizaje tripulados se debe, en parte, a que el organismo cuenta con un presupuesto más limitado que durante la época de Apolo.

“Desde luego, no hemos financiado a la NASA como si esto fuera una carrera”, dijo Casey Dreier, director de política espacial de The Planetary Society, una organización sin fines de lucro que promueve la exploración, en una entrevista anterior con CNN. “No queremos colocar de repente al organismo espacial en la posición de parecer que está perdiendo cuando ni siquiera le hemos dado los recursos necesarios para competir realmente”.

SpaceX y Blue Origin desarrollan módulos de alunizaje para cumplir los objetivos de la NASA. La primera prueba significativa de esos sistemas podría ocurrir el próximo año con Artemis III, una misión que busca enviar a la órbita terrestre baja un prototipo de cada empresa para practicar el acoplamiento con la cápsula tripulada Orion de la NASA.

No está claro si Starship, de SpaceX, o Blue Moon, de Blue Origin, estarán listos para esa prueba. SpaceX no respondió a una solicitud de comentarios. Un portavoz de Blue Origin remitió a un discurso de junio en el que John Couluris, vicepresidente senior de permanencia lunar, dijo que la empresa espera completar el vehículo para Artemis III y estar lista el próximo año. Agregó que realiza “excelentes avances” tras un percance reciente.

Incluso si Artemis III tiene éxito, las empresas seguirán enfrentando grandes problemas de ingeniería. Blue Moon y Starship, por ejemplo, deberán recibir combustible en órbita terrestre antes de intentar alunizar. Ninguna de las compañías ha hecho algo así. El proceso requeriría transferir toneladas de propelentes criogénicos a temperaturas extremadamente bajas entre naves reunidas en órbita, algo que nunca se ha realizado en la historia de los vuelos espaciales.

Si el proyecto parece complicado en exceso, Dreier ha subrayado que esto se debe, en parte, a que el programa espacial estadounidense ha estado sujeto a incertidumbres presupuestarias y a los cambios de rumbo de sucesivos gobiernos.

El programa Artemis de la NASA concentró su atención en la Luna apenas durante la última década, un período breve si se considera el tiempo que requiere desarrollar tecnologías lunares.

China, mientras tanto, mantiene su atención en la exploración lunar desde 2004 y utiliza un sistema centralizado de planificación para destinar recursos de manera sostenida a objetivos específicos.

El cohete, la nave y el módulo de alunizaje que construye China son muy distintos de los vehículos desarrollados por Estados Unidos.

Los detalles publicados por medios estatales indican que China sigue un plan más sencillo, capaz de llevar personas a la Luna mediante solo dos cohetes: uno transportaría una cápsula tripulada y el otro el módulo de alunizaje Lanyue. Ambos vehículos tendrían que acoplarse en órbita, pero no requerirían reabastecimiento de combustible en el espacio, como ocurre con el plan estadounidense.

Aunque China todavía no ha realizado un sobrevuelo lunar tripulado ni enviado al espacio el módulo Lanyue para probarlo, sí ha demostrado capacidades fundamentales. Una serie de pruebas terrestres realizadas en agosto de 2025 mostró los sistemas de navegación, propulsión y detección de la nave. China también realizó en febrero un vuelo de prueba clave del cohete lunar Larga Marcha 10 y de la nave tripulada Mengzhou.

En términos generales, el camino tecnológico de China para llevar taikonautas a la Luna antes de 2030 parece más directo que el de Estados Unidos, de acuerdo con Patrick Besha, exasesor estratégico de la NASA y experto en el programa espacial chino que fue despedido el año pasado por el Departamento de Eficiencia Gubernamental, conocido como DOGE.

“Algunos de los obstáculos que quedan no son fundamentales”, dijo Besha. “No son problemas imposibles de resolver”.

Muchos dirigentes estadounidenses parecen concentrados en llevar nuevamente astronautas a la Luna, pero los expertos en política espacial cuestionan si las victorias inmediatas son tan importantes como un compromiso sostenido.

Besha dijo que prefiere describir la dinámica entre Estados Unidos y China como una “competencia internacional”, en lugar de una carrera, porque la idea de una carrera supone una meta claramente definida.

Llevar un astronauta a la superficie lunar sería una poderosa demostración de prestigio nacional, pero no garantizaría a ninguno de los países un dominio duradero de la exploración espacial, según los expertos. Además, Estados Unidos ya logró esa hazaña hace décadas.

Construir una base lunar es algo completamente distinto.

China, que en años anteriores trabajó estrechamente con Rusia para trazar sus planes, lleva años afinando el proyecto de ese asentamiento. El país concibe la Estación Internacional de Investigación Lunar (ILRS, por sus siglas en inglés) como una amplia instalación científica sobre la superficie de la Luna que podría operarse mediante robots, “con la perspectiva de una posterior presencia humana”, según el sitio web oficial del proyecto.

China podría asociarse con Rusia para construir un gran reactor nuclear que suministre energía a la base, aunque persisten dudas sobre cómo la guerra en Ucrania podría afectar la capacidad rusa para cumplir el proyecto.

“Una cuestión importante para la ILRS es el suministro de energía, y en eso Rusia tiene una ventaja natural”, dijo a Reuters en 2025 Wu Weiren, diseñador jefe del programa chino de exploración lunar. “En materia de centrales nucleares, especialmente cuando se trata de enviarlas al espacio, Rusia lidera el mundo. Está por delante de Estados Unidos”.

Rusia heredó los conocimientos nucleares desarrollados por la Unión Soviética durante la Guerra Fría, cuando lanzó más de 30 satélites equipados con reactores de fisión. Estados Unidos, en comparación, solo lanzó un satélite de ese tipo, el SNAP-10A, en 1965, aunque recientemente la NASA ha realizado un esfuerzo coordinado para desarrollar sus tecnologías nucleares espaciales.

China y Rusia ya preparaban estos planes mucho antes de que Estados Unidos anunciara el año pasado su intención de construir un reactor nuclear en la Luna y revelara sus propios planes para establecer un asentamiento lunar de gran extensión.

En el centro de esta competencia está la pregunta de cómo se gobernaría un asentamiento fuera de la Tierra: ¿cómo sería la vida de sus habitantes? ¿quién establecería las normas? ¿y cómo se regularía internacionalmente el uso de los recursos lunares?

Estados Unidos expuso sus intenciones en un documento denominado Acuerdos Artemis, un pacto de 2020 que formaliza una política estadounidense de larga data: los países y las empresas deberían poder extraer recursos, y las naciones podrían establecer “zonas de seguridad” para proteger esas actividades, lo que en la práctica impediría el ingreso de terceros a determinadas zonas de la Luna.

Setenta países han firmado los acuerdos. China y varios de sus aliados más cercanos —entre ellos Pakistán, Belarús, Rusia y Egipto— no lo han hecho.

Estados Unidos también dejó claro que quiere utilizar el hielo de agua para mantener a sus astronautas y permitir que operadores comerciales instalen su propia infraestructura.

Varias empresas estadounidenses impulsan planes para extraer y vender recursos lunares valiosos. El helio-3, un isótopo sumamente escaso en la Tierra, pero posiblemente abundante en la Luna, podría utilizarse en ámbitos como la computación cuántica o la fusión nuclear.

Pero esto plantea un dilema jurídico.

El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967, que sigue siendo el documento central del derecho espacial internacional, establece que “el espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera”.

La mayoría de los especialistas occidentales considera que el texto permite distintas interpretaciones.

Aunque el tratado parece dejar claro que un país no puede reclamar territorio en la Luna, no resuelve qué ocurriría si una nación construyera una central eléctrica —que por seguridad tendría que estar rodeada por una zona de acceso restringido— o comenzara a extraer materiales lunares.

Existe una “dificultad inherente para conciliar” esa prohibición con la posibilidad de que países o empresas extraigan recursos, dijo Swope.

“Si no puedes apropiarte de algo, ¿cómo puedes poseerlo?”, planteó. “Existe una contradicción. Esencialmente, hay que salvarla haciendo la vista gorda, que es lo que hemos hecho con la legislación estadounidense”.

La posición de China sobre si esos recursos pueden o deben extraerse para obtener beneficios comerciales o nacionales es menos clara. No obstante, algunos funcionarios chinos han hecho declaraciones que sugieren que el país estaría dispuesto a aceptar la extracción.

China suele presentar sus ambiciones como una forma de “impulsar el progreso humano” y afirma que “defiende el principio de explorar y utilizar el espacio ultraterrestre con fines pacíficos”.

“La Luna posee abundantes recursos minerales, entre ellos titanio, silicio y aluminio. El más valioso es el helio-3”, dijo Guo Hongfeng, investigador de los Observatorios Astronómicos Nacionales de la Academia China de Ciencias.

Ouyang también dijo a la BBC en 2013 que esos recursos “pueden utilizarse sin limitaciones”.

La declaración podría indicar que China está dispuesta a llegar hasta el límite del derecho internacional, dijo Besha.

“China, tanto públicamente como en foros como las Naciones Unidas, se ha ceñido al Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre y a la idea de que ningún país puede apropiarse de territorio”, explicó. “Pero también ha indicado que, aunque no violaría el tratado, llegaría justo hasta el límite”.

La falta de normas internacionales claras y las dudas sobre el tratado de 1967 podrían preparar el terreno para conflictos peligrosos. Sin embargo, los expertos subrayan que la Luna, incluido su polo sur, es extensa y quizá contenga suficientes recursos para que ambas naciones desarrollen sus proyectos al mismo tiempo.

Cada país podría operar dentro de su propia esfera de influencia. “No creo que China nos imponga sus reglas ni que nosotros podamos imponerle las nuestras”, dijo Swope sobre las normas que podrían surgir durante esta etapa de exploración lunar.

Pero el clima actual se caracteriza por divisiones cada vez más marcadas. Estados Unidos, alegando preocupación por el espionaje y el robo de propiedad intelectual, se ha negado a trabajar con China. El año pasado incluso prohibió que ciudadanos chinos con visa trabajaran en la NASA.

Aunque Estados Unidos y China han compartido datos científicos en el pasado, las normas de control de exportaciones —en particular el Reglamento sobre el Tráfico Internacional de Armas— y una ley de 2011 conocida como Enmienda Wolf limitan estrictamente la colaboración entre la NASA y sus homólogos chinos.

No obstante, Swope y Besha consideran que, a largo plazo, las tensiones y la falta de coordinación entre ambos países podrían ser insostenibles.

Si la carrera espacial del siglo XX sirve como modelo, años de competencia produjeron avances tecnológicos extraordinarios antes de que la Unión Soviética y Estados Unidos comenzaran a trabajar juntos. Esa cooperación culminó en la EEI, que Estados Unidos y Rusia todavía operan conjuntamente.

Ante una nueva etapa de competencia entre potencias mundiales por el predominio espacial, Besha se pregunta si existe “margen para resolver algunos de los desafíos globales que enfrentaremos”, como reducir el riesgo de colisiones espaciales o coordinar la búsqueda de asteroides que puedan amenazar a la Tierra.

“También deberíamos pensar si existe espacio para la cooperación”, dijo.

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Con información de Simone McCarthy, de CNN.

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