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En Cuba falta todo, menos el ingenio y la resistencia: hasta los influencers difunden recetas para sobrevivir a la escasez

Por Juan Carlos López, CNN en Español

Dayán Marrero vive en la provincia de Mayabeque, a una hora de la capital de Cuba. Es estudiante de tercer año de informática en la Universidad Agraria de La Habana, que a pesar de su nombre no queda en la capital, sino en su provincia. En Instagram, Marrero suma seguidores como creador de contenido con soluciones para una vida diaria que enfrenta a los cubanos con un desafío de supervivencia tras otro. Por ejemplo, tener que soportar los constantes apagones en la isla —que se han hecho más frecuentes este año por la escasez de petróleo—, aprender cómo ahorrar la batería del teléfono móvil o lidiar con el calor.

Su video con instrucciones de cómo construir una antena para alcanzar la elusiva señal de internet de la red móvil se acerca a las 800.000 repeticiones.

La resiliencia y el ingenio de los cubanos en medio de los apagones generalizados se refleja en lo que Marrero publica. Cómo alcanzar señal de la red móvil, cómo conservar los alimentos, cómo generar energía en un país que ya casi no la tiene y que tampoco la tendrá en un futuro cercano son algunos de los dilemas que ocupan el día a día de esta Cuba llena de escasez.

La isla tiene décadas de saber cómo es vivir sin abundancia. Sin embargo, el panorama se agravó a finales de enero pasado, cuando Estados Unidos amenazó con imponer aranceles a los países que dieran petróleo a la isla, a la que tachó como una amenaza para su seguridad nacional, algo que niegan desde La Habana.

Para entonces, Cuba ya se había quedado sin su principal proveedor, Venezuela, luego de la captura del presidente Nicolás Maduro. Después se quedó sin otros apoyos, como México, lo que originó en la isla una falta de combustibles que ha afectado desde la generación de energía eléctrica hasta los servicios de recolección de basura, pasando por la educación y la distribución de alimentos.

Inmersa en esta creciente tensión con EE.UU., la isla vive uno de los momentos más difíciles de las últimas décadas y, en sus calles, es donde más se sufre. A principios de este año, el aumento de la presión de EE.UU. sobre el Gobierno de Miguel Díaz Canel de a poco ha hecho que el petróleo deje de llegar a Cuba. Los apagones son cada vez más frecuentes y largos.

Desde la sala de su casa en Caraballo, un antiguo pueblo azucarero, Marrero me dice que nunca pensó que se dedicaría a crear contenido. “Ni siquiera se me pasó por la cabeza”, agrega. Pero ahí está, ahora promueve productos como el elemento de moda en Cuba, el ventilador o abanico recargable, que además le sirve para iluminarse mientras graba sus videos. Su meta es presentar la tesis de grado y buscar trabajo en comunicaciones. Mientras ya es conocido en Instagram, tiene la mira puesta en TikTok, otra red muy popular en la isla, a pesar de que su uso está restringido, no por el gobierno cubano, sino por las sanciones estadounidenses en su contra.

Osiris Hernandéz tiene 57 años. Lleva más de media vida como guía turístico en Viñales, meca del ecoturismo en Cuba. Las calles son limpias y abundan los avisos de habitaciones disponibles para los visitantes, aquellos que no buscan la playa ni la arena. Hernández trabaja en una de las principales atracciones turísticas de Viñales, la Cueva del Indio, allí conduce una lancha que lo lleva a uno por aguas que recorren las profundidades y termina con una imagen paradisiaca, de la oscuridad a la luz.

El recorrido termina en un bohío con mesas, pero todo está cerrado. Al lado hay mesas con artesanos vendiendo sus productos, pero sin clientes. No hay turistas: el turismo en la isla disminuyó un 62% de enero a julio de este año en comparación con el mismo período de 2025, según cifras oficiales. Al salir del lugar, Osiris sonríe cuando le cuentan que llegó un turista chino.

Además de ser guía turístico, Osiris habilitó habitaciones para recibir visitantes en su casa. Ofrecerles alimentos no es un problema: cuando no hay electricidad, lo que ocurre durante la mayor parte del día, la preparan con carbón. El café lo muelen a mano y el sofocante calor del verano lo alivian con ventiladores recargables, que además sirven para iluminar.

Estamos en el patio de la casa, en medio de una sensación extraña para los ocupantes: es domingo en la tarde y aún hay electricidad, hay que aprovecharla porque no demora en irse. Osiris me dice que su meta es prestar un servicio de calidad. Incluso sin luz, un inversor, un aparato que convierte la energía de los paneles solares para uso en electrodomésticos, permite mantener, por lo menos, un congelador en funcionamiento.

En las afueras de Viñales está la finca agroecológica El Olivo, en la que Osnel Corrales y su familia producen lácteos. Se han ido adaptando a medida que se acrecientan los apagones con paneles solares y baterías, aunque disponen una planta eléctrica industrial, pero no de combustible, por lo menos no el necesario.

El día en que los visitamos producían yogur. El primer paso era pasteurizar la leche, es decir, llevarla hasta casi el punto de ebullición para eliminar bacterias. Para hacerlo recurrieron un método antiguo, pero eficiente: el carbón de leña. Una vez que lograron la temperatura adecuada pasaron al enfriamiento. En este paso ya dependen de la energía eléctrica que obtienen de paneles solares.

La finca tiene un restaurante especializado en comida mediterránea, pero no hay clientes. Siguen con la operación —a las vacas hay que ordeñarlas sí o sí— y producen queso y yogur que distribuyen desde una tienda con su marca en Viñales y a clientes en La Habana. Por ahora, los galardones que han recibido por sus productos decoran las paredes del establecimiento, que espera la llegada de turistas, tanto de otras ciudades de la isla como del exterior. Algo que parece difícil ante la escasez de combustible.

La congestión vehicular en La Habana es algo del pasado. Sin combustible hay menos vehículos circulando, por lo que recorrer esta capital de casi 1,8 millones de habitantes se hace con relativa rapidez. A falta de autobuses, ahora hay triciclos eléctricos importados de China, que conforman una creciente flotilla de vehículos de transporte público, operados por particulares.

Augusto opera uno de la última generación: no solo tiene un pequeño motor operado por combustible sino, más importante aún, tres baterías recargables que puede conectar a la red eléctrica —cuando hay luz— pero que se van cargando con el panel solar que sirve como techo del vehículo. Augusto, quien lleva años conduciendo vehículos tradicionales, lo alquila y debe pagar, haya o no pasajeros, unos 9.000 pesos cubanos, que el día de nuestro recorrido equivalían a unos US$ 15.

Puede llevar hasta seis pasajeros a la vez, en un sistema en el que los operarios han dividido la ciudad de manera estratégica con rutas que tienen en cuenta la distancia que pueden recorrer por el rango de las baterías y el nivel de carga disponible. Con o sin combustible, los cubanos se movilizan a diario, cada vez con mayor dificultad, pero en una dinámica que no es nueva y que los ha llevado a desarrollar un nivel de resiliencia que resumen con esta explicación: no tienen opción distinta a resolver, lo que, en cubano, significa superar cualquier obstáculo, por complejo que sea.

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