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Unos vaqueros estadounidenses viajaron a Kirguistán para participar en este feroz deporte nómada

Por Jennifer Korn, CNN

Son las 4:00 p.m. del segundo día de los Juegos Mundiales Nómadas y ocho caballos convergen sobre un pequeño terreno de tierra. Los jinetes se empujan con los codos, patean y forcejean mientras el capitán del equipo de Estados Unidos, Ladd Howell, se inclina desde su silla hacia el suelo, con un látigo entre los dientes, mientras intenta agarrar el cadáver de una cabra decapitada de 32 kilogramos que yace debajo. Con la cabra en la mano, Howell galopa hacia la meta y levanta una opresiva nube de polvo mientras el público ruge en señal de aprobación.

“El legendario capitán de Estados Unidos, Ladd Howell, toma la delantera”, anuncia a viva voz el narrador kirguís. “¡Ladd! ¡Ladd!”.

Pero justo antes de que Howell llegue a su destino, un jugador kirguís choca directamente contra su caballo, lo saca de trayectoria y le arrebata la cabra. Los caballos se agolpan mientras, detrás de ellos, se extiende el azul plano del lago Issyk-Kul.

Este es el kok-boru, el deporte nacional de Kirguistán, amado en toda Asia Central por su intensidad incesante y su espectacular demostración de destreza ecuestre. Pocos fuera de la región han oído hablar del kok-boru, pero existe un pequeño grupo de autodenominados vaqueros cristianos de Estados Unidos que no se cansan de practicarlo.

Un grupo de nueve ganaderos y hombres del rodeo, la mayoría de Utah, recorrió 10.600 kilómetros hasta Cholpon-Ata, la mayor ciudad turística de Kirguistán. Los hombres se ausentaron durante dos semanas de sus familias y ranchos y, entre todos, gastaron casi US$ 100.000 para cubrir viajes, equipo y estipendios. Compiten en el nivel más élite del kok-boru: los Juegos Mundiales Nómadas.

Los estadounidenses participan en los Juegos desde 2014, pero, pese a 12 años y cinco torneos, todavía no han ganado un partido.

Aun así, siguen regresando.

El kok-boru guarda cierta semejanza con el polo, pero, en lugar de golpear una pelota, los deportistas intentan recoger del suelo el cadáver de una cabra relleno y lanzarlo a una meta llamada taikazan.

Este juego ha sido una tradición en toda Asia Central durante milenios. Originalmente se jugaba con un lobo muerto —sacrificado después de alimentarse del ganado local— y este épico deporte ecuestre ha evolucionado junto con los pueblos de la región.

“Es uno de los elementos más importantes de nuestra cultura, especialmente de la parte tradicional de nuestra cultura, porque nuestros antepasados practicaron este juego durante muchos siglos”, dijo Jantai Saparbekov, voluntario kirguís de los Juegos Nómadas. “Simboliza nuestras tradiciones transmitidas de generación en generación”.

La UNESCO ha reconocido este deporte en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y lo describe como una fusión de la cultura, la historia y la identidad kirguisas. En la práctica, es polvoriento, sumamente físico —tanto para los caballos como para los hombres— y, francamente, implacable con los extranjeros que no crecieron practicando este deporte. Varios jugadores kirguises se dedican a él a tiempo completo y compiten profesionalmente en ligas nacionales.

El juego ha comenzado a ampliar su alcance. En particular, la popular serie de Netflix “Home Game”, estrenada en 2020, incluyó un episodio sobre el kok-boru y presentó el deporte por primera vez a muchas audiencias internacionales.

Estos no son los Juegos Olímpicos

Estos Juegos duran seis días y reúnen competencias culturales, deportivas e intelectuales arraigadas en el patrimonio nómada de Asia Central, una herencia que se remonta 4.000 años, según la politóloga kirguisa Arzuu Sheranova. El estilo de vida perdura: en un país donde solo alrededor del 35 % de los ciudadanos vive en ciudades, muchos todavía mantienen formas de vida parcialmente migratorias.

La semana rinde homenaje a un pasado que todavía está muy presente, y su atractivo se ha extendido mucho más allá de Asia Central: alrededor de 3.000 atletas de 112 países acudieron a la cita.

En cualquier momento podía disputarse un partido de tira y afloja de ocho contra ocho entre India y Pakistán; un hombre ruso podía esforzarse por arrastrar por una pista un camello de peluche de 590 kilogramos; y una mujer australiana podía disparar un arco y una flecha a caballo.

“Son deportes que han practicado y que han permanecido sin cambios durante miles de años. Todavía los practican por orgullo de su cultura”, dijo Nick Willert, jugador estadounidense de kok-boru.

La informalidad va más allá de las competencias. Los atletas no fueron sometidos a pruebas de detección de sustancias para mejorar el rendimiento durante los Juegos, y la Agencia Mundial Antidopaje confirmó que los Juegos Mundiales Nómadas no son signatarios del Código Mundial Antidopaje.

La sede principal, el desfiladero de Kyrchyn, se encuentra a aproximadamente una hora y media del centro de Cholpon-Ata y da la sensación de adentrarse en las montañas profundas de Kirguistán.

Una extensa llanura abierta entre picos cubiertos de nieve, el desfiladero alberga varios deportes, un castillo construido con barro que fue convertido en un bazar de comida local y campos de yurtas. Los países participantes tuvieron la oportunidad de organizar sus propias exposiciones; la yurta estadounidense exhibía una figura recortada de George Washington, trivias sobre la historia de Estados Unidos y cornhole.

Los Juegos tienen tanto —si no más— que ver con la cultura y los trajes como con el deporte. Además de más de 600 actividades culturales durante la semana, se pidió a los equipos que vistieran “ropa tradicional” durante la ceremonia inaugural: los iraníes se vistieron como Inmortales persas, los mongoles como guerreros mongoles y los estadounidenses como… vaqueros.

“Se siente como una feria renacentista de Asia Central”, dijo Connor Ryan, un aficionado de Boston.

Aunque podría ser tentador descartarlos como una simple diversión, los Juegos Nómadas han desempeñado un papel fundamental en el esfuerzo de Kirguistán por recuperar y revitalizar su historia, que permaneció enterrada durante varios cientos de años de control chino y soviético.

“El evento en sí ha contribuido a la construcción de la nación mediante un resurgimiento de los valores y las tradiciones nómadas. Esto es muy evidente en el auge de la etnomoda kirguisa, o en el uso de vestimenta tradicional en la vida cotidiana, que se ha multiplicado desde los primeros Juegos en 2014”, explicó Sheranova.

También existe un elemento innegable de estrategia de poder blando. Los Juegos coincidieron con cumbres diplomáticas de alto perfil en la región y atrajeron al presidente de China, Xi Jinping; al presidente de Rusia, Vladimir Putin; y al presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, a la ceremonia inaugural. El embajador Sergio Gor, enviado especial de Estados Unidos para Asuntos del Sur y Asia Central, también asistió.

De cara a unas próximas elecciones, el presidente de Kirguistán, Sadyr Japarov, está enviando un mensaje claro a sus ciudadanos y al mundo: Kirguistán tiene presencia global.

Un récord de 52 atletas estadounidenses acudió este año para competir, pero quienes se robaron el protagonismo fueron los integrantes del equipo estadounidense de kok-boru. Tienen entre 25 y 50 años, y uno de los jugadores también es abuelo.

“Somos simplemente unos tipos del Medio Oeste”, dijo Howell. “Nuestro verdadero propósito al estar aquí es que, cuando terminen los Juegos, la gente sepa que la cultura en Estados Unidos es increíble y auténtica. Después de conocernos aquí con nuestros sombreros de vaquero, queremos que recuerden: ‘Oye, los vaqueros son buenos tipos’”.

Howell, ganadero y mormón practicante, habla ruso con fluidez gracias a una misión de la Iglesia que realizó al final de su adolescencia y que lo llevó a San Petersburgo. Sus conocimientos del idioma lo llevaron a asumir el papel de traductor y embajador del equipo (el ruso es uno de los dos idiomas nacionales de Kirguistán).

Howell regresó a Estados Unidos en 2013 y posteriormente conoció el kok-boru a través de amigos del circuito de rodeo de Utah. Seis de los jugadores son compañeros mormones, reclutados por Howell a lo largo de los años.

“Representamos a nuestro país, a nuestras familias, a la cultura de los vaqueros y, definitivamente, a nuestra religión”, dijo Howell. “Creemos firmemente en Jesús, así que sé que al traer a estos muchachos aquí no hay preocupación de que alguien haga algo malo. Todos son embajadores realmente excelentes de Estados Unidos, de la Iglesia, de las familias, de todo”.

Además de estar unidos por la religión, todos los integrantes del equipo han pasado su vida en ranchos o trabajando con caballos.

“Estos muchachos son de una raza diferente”, dijo Hayden Hilke, fisioterapeuta del equipo estadounidense de kok-boru. “Todos han montado a caballo durante toda su vida. Si has montado a caballo toda tu vida —puedes estar en el rodeo profesional o haber sido ganadero durante generaciones—, ¿cuál es el siguiente paso? ‘¿En qué puedo competir a un nivel que simplemente demuestre que soy un muy buen jinete?’. Esto es”.

A pesar de su profunda pasión por los caballos y su compromiso con competir al más alto nivel, el equipo no cuenta con la infraestructura logística necesaria para triunfar en los Juegos.

Los nueve jugadores solo pudieron entrenar juntos una vez en Estados Unidos, principalmente porque los caballos estadounidenses no están entrenados para soportar la exigencia física del kok-boru. Además, son el único equipo de kok-boru de los Juegos que se financia por cuenta propia, mientras que los otros países participantes —Kirguistán, Kazajstán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán— reciben apoyo de sus Gobiernos. Todo el apoyo que recibió el equipo de Estados Unidos provino de la Federación Internacional de Kok-Boru de Kirguistán.

“Estamos en desventaja cada vez”, dijo Willert. “Somos los completos desvalidos, pero ese es, en cierta forma, el objetivo del deporte. Que sigamos regresando y mejorando; nos ganamos ese respeto, aunque no estemos ganando”.

Willert, de 50 años, es un exmarine y exluchador profesional de artes marciales mixtas que compite tanto en kok-boru como en er enish, o lucha a caballo, en los Juegos. Sin embargo, tuvo que abandonar temprano el torneo de kok-boru después de que una competencia de lucha a caballo saliera mal: su propio caballo lo pisoteó y Willert sufrió tres costillas fracturadas.

Las lesiones graves en el kok-boru, aunque relativamente poco frecuentes, no son desconocidas. Durante las ediciones de 2016 y 2018, los estadounidenses fueron entrenados por Mirlan Srazhdinov, un legendario jugador kirguís. Srazhdinov entrenó al equipo hasta que murió mientras jugaba kok-boru en 2025, después de recibir un fatal golpe de caballo en la cabeza en plena competencia.

“Fue horrible”, dijo Willert. “Esto es, en mi opinión, mucho más brutal que cualquier deporte olímpico. Es difícil encontrar hombres que sean lo suficientemente duros para practicar cualquiera de estos dos deportes”.

A pesar de la distancia física y cultural entre los jugadores estadounidenses y kirguises, los equipos han desarrollado una relación de camaradería que se remonta a los Juegos de 2014, gracias en gran medida a su amor compartido por los caballos.

El caballo es el máximo símbolo nacional de libertad y oportunidades en Kirguistán, un animal profundamente venerado que constituye uno de los pilares de la cultura kirguisa.

“Un caballo es libertad. Un caballo es el camino. Un caballo es las alas del nómada”, dijo Urmat Asanbaev, director de la Agencia Estatal de Cultura Física y Deportes de Kirguistán, antes del comienzo del torneo de kok-boru. “Los juegos ecuestres en Kirguistán nunca fueron simplemente una forma de entretenimiento. Preparaban a un joven para la vida”.

Los vaqueros estadounidenses fueron criados con un sentimiento similar. “Es la cultura de los vaqueros, algo que se ha transmitido de generación en generación, pero que está desapareciendo en el oeste de Estados Unidos”, dijo Hilke, el fisioterapeuta, quien también trabaja con el equipo olímpico estadounidense de esquí acrobático. “Sí, les encantaría ganar, pero se trata más de tener este espíritu entre el hombre y el animal y simplemente del espíritu de esa generación. Cada vez es más difícil mantener el rodeo. Esto los ayuda a mostrar el espíritu de esa cultura”.

En cada edición de los Juegos, Kirguistán presta caballos, establos y entrenadores al equipo de Estados Unidos, e incluso los ayuda a comprender mejor las reglas del juego y las tácticas para mejorar.

Y los aficionados kirguises los adoran. Adondequiera que va el equipo de Estados Unidos, es tratado como una boyband internacional: los rodean aficionados, periodistas y otros equipos que intentan tomarse una fotografía.

“Apreciamos mucho que Estados Unidos y Occidente participen en esto”, dijo Nurbol Salybekov, un voluntario local. “Estados Unidos tiene un gran impacto en todos los países y, si popularizamos el kok-boru en Estados Unidos, todo el mundo conocerá nuestro juego y nuestra cultura”.

Más allá del deporte, la reputación de Kirguistán como destino turístico se ha disparado: el presidente Japarov afirmó que el número anual de turistas ahora alcanza los 13 millones, frente a menos de 3 millones antes de 2021.

Aficionados de todos los rincones del mundo llenaron el estadio para presenciar la final entre Kirguistán y Kazajstán, mientras las banderas de todos los países llenaban las tribunas. “El ambiente es mejor que el de cualquier partido de fútbol al que haya asistido”, comentó el aficionado británico Joe Simmons.

Kirguistán terminó ganando el torneo y se llevó poco menos de US$ 60.000 en premios, mientras que el equipo de Estados Unidos perdió sus tres partidos. A pesar de su pobre registro, los estadounidenses anotaron un total de 19 salyms, o goles, y Howell terminó como el máximo anotador de todo el torneo, con 15 puntos.

La mayoría de los eventos en Cholpon-Ata eran gratuitos y muchos asistentes —tanto aficionados como participantes— estaban allí por casualidad.

“Nos enteramos de los Juegos por accidente”, dijo Joey O’Connell, un competidor irlandés de juegos de mesa tradicionales. “Estábamos planeando hacer una caminata en Kirguistán y resultó que las fechas coincidían. Empezamos a investigar qué demonios eran y resultó que podíamos participar”.

Los Juegos se celebran cada dos años y quienes asistan en el futuro podrían ver al famoso equipo estadounidense hacer otra aparición.

“Los sombreros de vaquero siguen teniendo mucho peso hasta el día de hoy, y todavía creemos en un buen apretón de manos”, dijo Howell. “Todos aquí respetan eso y nosotros simplemente seguimos regresando por más”.

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