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¿Cuándo se apropió Estados Unidos del nombre “América”?

Por Harmeet Kaur, CNN

En el Día del Trabajo, el presidente Donald Trump publicó una serie de mapas en su cuenta de Truth Social en los que el estado de Nuevo México aparecía rebautizado como “Nueva América”.

El primer día de su segundo mandato, Trump firmó un decreto para cambiar el nombre del golfo de México a “Golfo de América”. El mes pasado, después de que Canadá se negara a ceder en una guerra comercial iniciada por el presidente de EE.UU., Trump ordenó que el lago Ontario pasara a llamarse “Lago América”. Dicha extensión de agua no recibió el nombre de la provincia canadiense de Ontario —y “Ontario” ni siquiera es un término canadiense—, pero la Junta de Nombres Geográficos de EE.UU. acató la orden, y Google Maps y Apple Maps siguieron el ejemplo para sus usuarios estadounidenses.

Aunque las encuestas indican que el cambio de nombre del lago Ontario es aún más impopular que el anterior cambio de nombre del golfo de México, hay motivos para pensar que el presidente no ha terminado. Recientemente, sugirió que los océanos Atlántico o Pacífico también deberían llevar el nombre de “América”.

Detrás de la actual oleada de chovinismo geográfico de Trump, existe una historia más antigua de chovinismo lingüístico. Aunque “América” se ha utilizado como abreviatura de Estados Unidos de América durante más tiempo del que lleva viva cualquier persona actual, ambos términos no siempre fueron sinónimos. Antes de la fundación de EE.UU. y durante aproximadamente un siglo después, “América” —o “las Américas”— se refería más comúnmente a las masas continentales que hoy conocemos como Norteamérica y Sudamérica. Estados Unidos ocupa cerca de una cuarta parte de esta masa terrestre conjunta en términos de superficie y alberga alrededor de un tercio de su población. Entonces, ¿cuándo y cómo se apropiaron los líderes de una parte de las Américas del nombre “América”?

Al parecer, la palabra “América” se utilizó por primera vez en 1507 en un mapamundi creado por el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller, quien la aplicó a la representación de lo que hoy es Sudamérica. El mapa de Waldseemüller fue el primero en mostrar las Américas como un continente distinto, separado por un océano, con base en los registros del explorador de principios del siglo XVI Américo Vespucio.

El mapa iba acompañado de un libro titulado “Cosmographiae Introductio” (Introducción a la cosmografía), obra que hoy se atribuye al erudito alemán Matthias Ringmann. El texto atribuía erróneamente a Vespucio el descubrimiento del continente y le daba nombre de la siguiente manera: “No veo razón alguna por la que alguien pudiera objetar legítimamente que se llame a esta parte Amerige —es decir, la tierra de Américo— o América, en honor a Américo, su descubridor, un hombre de gran talento”.

Más tarde, Waldseemüller pareció cambiar de opinión respecto al nombre. Quizás al darse cuenta de que otros europeos habían llegado a la zona antes que Vespucio, eliminó el término de los mapas posteriores; sustituyó “America” por “Terra Incognita” —o “tierra desconocida”— en un mapa de 1513, y por “Terra Nova” —o “tierra nueva”— en una versión de 1516.

Sin embargo, el nombre ya había comenzado a tomar fuerza y, después de que el cartógrafo Gerardus Mercator representara las masas continentales del norte y del sur en 1538 y etiquetara ambas como “America”, el nombre perduró.

Ya por aquel entonces, “America” ocupaba un lugar destacado en el imaginario colectivo. Los escritores ingleses empleaban el término en la poesía y la literatura como metáfora de un lugar al que se anhela llegar; tal fue el caso del poeta John Donne en su obra “Elegía XIX: a su amante al irse a la cama”, donde comparaba la exploración del cuerpo de la amada con la colonización europea: “permite a mis manos errantes vagar libremente / por delante, por detrás, en medio, arriba y abajo. / ¡Oh, mi América! ¡Mi tierra recién descubierta! / Mi reino, más seguro cuando un solo hombre lo gobierna”.

Antes de la Revolución estadounidense, los británicos se referían al territorio que más tarde se convertiría en Estados Unidos como “Norteamérica británica”, “las colonias” y, en ocasiones, simplemente “America”. El rey Jorge III, en un discurso pronunciado ante el Parlamento en 1775, habló de “la situación actual de América” y de “mi pueblo en América”. Los líderes de la revolución utilizaron denominaciones como “las Colonias Unidas”, “las Colonias Unidas de América” y “las Colonias Unidas de Norteamérica” al redactar resoluciones, hasta que finalmente optaron por “Estados Unidos de América” en la Declaración de Independencia.

Pero incluso entonces, el nombre estaba lejos de estar definido. En un tratado de 1782 con Francia, Benjamin Franklin utilizó la denominación “Estados Unidos de Norteamérica”.

“Desde el principio, “América” fue una opción, pero no la forma predominante de referirse al país como sustantivo”, señaló Daniel Immerwahr, historiador y autor de “How to Hide an Empire: A History of the Greater United States”.

El nombre del nuevo país resultaba poco manejable —nueve sílabas, o diez si se incluía el artículo— y, desde el comienzo, quienes se interesaban por el futuro de la nación consideraron otras alternativas. Aunque “América” se utilizaba ocasionalmente para describir a los emergentes Estados Unidos, la gente de la época entendía mayoritariamente que la palabra se refería a todo el hemisferio, según escribió la historiadora Caitlin Fitz en un correo electrónico. La abreviatura “USA” se utilizó en 1776 para etiquetar la pólvora que había superado las inspecciones, pero no parece haberse generalizado hasta más tarde.

Algunos escritores e intelectuales propusieron nombres poéticos y literarios, como “Columbia” —en honor a Cristóbal Colón, a pesar de que este nunca pisó Norteamérica—. Este fue el nombre que recibió la capital de la nación, el Distrito de Columbia, y el que se empleó en canciones patrióticas como “Columbia”, “Hail Columbia” y “Columbia, Gem of the Ocean”.

Sin embargo, al igual que ocurría con “América”, Fitz señaló que “Columbia” también podía aplicarse a todo el hemisferio. “Hacer referencia a Columbia a finales del siglo XVIII y principios del XIX equivalía a celebrar la independencia de Europa, ya fuera en Boston o en Bogotá”, escribió.

Consciente de estas limitaciones, el médico Samuel Mitchill propuso en 1803 que Estados Unidos pasara a llamarse Fredon. Bajo esta nomenclatura, “Fredonia” sería el término poético y literario, y a los habitantes de la nación se les llamaría “fredonianos” o, de forma más coloquial, “fredes”. Pero la idea fracasó desde el principio. Otros posibles gentilicios, como “unisian”, “united statesian” y “united statian”, fueron objeto de burlas similares.

No fue hasta que Estados Unidos pasó de ser un conjunto de colonias a convertirse en un imperio colonial cuando sus líderes reclamaron con firmeza el nombre de “América” para su propia nación. A medida que Estados Unidos se anexionaba Puerto Rico, Guam y Filipinas, y consolidaba su control sobre Cuba tras la guerra de 1898 contra España, los líderes y ciudadanos estadounidenses —según Immerwahr— percibieron que la naturaleza del país había cambiado fundamentalmente. Términos utilizados anteriormente, como “la República” o “la Unión”, ya no parecían suficientes, añadió. Teddy Roosevelt, el primer presidente tras la guerra, utilizaba a menudo el término “America” en sus discursos —según señaló Immerwahr—, y dicha palabra llegó a sustituir a “Columbia” en los himnos nacionales.

A pesar de que los líderes estadounidenses se han apropiado sobre el término “América”, muchos latinoamericanos siguen interpretándolo como una referencia a todo el hemisferio. En español y portugués, el país se denomina “Estados Unidos” y sus habitantes, “estadounidenses” y “estadunidenses”, respectivamente. En ambos idiomas, el término “americano” puede referirse a cualquier habitante de América del Norte o del Sur, aunque a veces se utiliza coloquialmente para aludir a las personas de Estados Unidos.

Mientras los líderes estadounidenses reivindicaban para sí el nombre de “América”, dirigentes y revolucionarios latinoamericanos buscaban recuperar el término para el conjunto del hemisferio. El escritor cubano José Martí lo empleó en el título de su ensayo de 1891 “Nuestra América”, en el que instaba a las repúblicas latinoamericanas a unirse frente a la expansión estadounidense. Asimismo, en su libro de 1971 “Las venas abiertas de América Latina”, el periodista uruguayo Eduardo Galeano criticó directamente la interpretación moderna y centrada en Estados Unidos de dicha palabra.

“En el camino hemos perdido hasta el derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos y los cubanos aparecieron en la historia como pueblos nuevos un siglo antes de que los peregrinos del Mayflower se establecieran en la costa de Plymouth”, escribió Galeano. “Para el mundo de hoy, América es simplemente Estados Unidos; la región que habitamos es una sub-América, una América de segunda categoría y de identidad difusa”.

Como resultado, la iniciativa de Trump de rebautizar el golfo de México como “Golfo de América” suscitó interpretaciones más subversivas entre algunos latinoamericanos, tal como escribió el año pasado Geraldo Cadava en The New Yorker. “¿Podrían nombres como “Lago América” o “Nueva América” sugerir que todo el continente tiene derecho a reclamarlos?”

Solo si Trump no se apropia de todo el continente antes. Tras sugerir esta semana en Truth Social que Nuevo México debería llamarse “Nueva América”, compartió un mapa ficticio de Norteamérica con los colores y motivos de la bandera estadounidense (las barras y estrellas). Todo el territorio visible —que abarcaba Groenlandia, Canadá, México, Centroamérica y el Caribe, así como la nación insular europea de Islandia— aparecía bajo la etiqueta “Estados Unidos de América”.

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