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Esta familia mariachi vivió un “calvario” tras ser detenida por ICE. Salieron con grillete, pero con el apoyo de la gente

Por Uriel Blanco y José Álvarez, CNN en Español

Luis Martínez habla por videollamada desde su casa en Texas. Sostiene el celular mientras está acostado. Recién despertaba de una siesta vespertina. Es un martes de finales de agosto y se lo puede permitir. Si fuera fin de semana, ya estaría con su traje de mariachi, tocando en restaurantes u en otros lugares para seguir ganándose la vida junto a sus hijos, los hermanos Gámez Cuéllar.

Esta “calma”, como él mismo dice, vino después de la “tormenta” ocurrida hace unos meses. En febrero, su esposa, sus tres hijos y él fueron detenidos por las autoridades de inmigración de Estados Unidos durante casi dos semanas. Los padres y dos hijos menores de edad fueron recluidos en el Centro Residencial Familiar del Sur de Texas, en Dilley, mientras que el hijo mayor, de 18 años, fue llevado a un centro de detención diferente ubicado en Raymondville.

Martínez dice que este fue el principal “martirio y calvario” para la familia: ser separados. Pasaron días sin siquiera saber dónde estaba recluido su hijo Antonio Gámez Cuéllar, recuerda el padre.

Sin embargo, más allá de ese calvario vivido, Martínez destaca la ayuda que ha recibido la familia en los lugares donde se ha presentado, así como la unión de la gente y de la comunidad de mariachi en Texas, en un contexto donde su caso ha sido el más mediático, pero no el único de músicos de mariachi detenidos en la actual ofensiva migratoria del Gobierno de Donald Trump. El mariachi lleva generaciones sonando en bodas, fiestas e incluso funerales, y ha sido uno de los vínculos más fuertes entre la cultura latina y los inmigrantes en Estados Unidos. No hay indicios de que los mariachis hayan sido detenidos por su trabajo, pero entre los músicos hay temor de que, por su apariencia, sus vehículos de trabajo y hasta el traje de charro que portan sean más visibles ante agentes migratorios.

La familia fue detenida por el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) el pasado miércoles 25 de febrero. Hacia la madrugada del jueves, Martínez, su esposa y sus dos hijos menores llegaron a la instalación en Dilley, que ha sido señalada de condiciones inhumanas por parte de familias inmigrantes detenidas allí, según informó CNN en diciembre del año pasado. Sin embargo, fue hasta el sábado que tuvieron noticias de Gámez Cuéllar.

“Fue un martirio y calvario porque decías ‘oye, pues qué está pasando’. Preguntábamos dónde quedó mi hijo y decían que no sabían”, menciona Martínez a CNN, meses después de los acontecimientos.

Aunque el DHS señaló que el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) “no separa familias”, para Martínez fue una separación familiar porque nunca se habían alejado de un hijo de esa manera.

La instalación en Dilley, al ser un centro de detención adaptado para familias, con aulas, material educativo y lugares de recreación (como gimnasio, biblioteca y campo de fútbol), solo recibió a los padres y a los hijos menores, mientras que Antonio Gámez Cuéllar, por ser mayor de edad, fue enviado a un centro que “sí es una cárcel”, donde los tenían “seccionados” según su nivel de criminalidad.

“Te mandan a un centro de detención diferente que a tu hijo. A pesar de que había cumplido 18 años, pues él era un niño para nosotros como papás”, dice Martínez.

Aunque en el centro de Dilley las familias pueden convivir todos juntos desde que se abren las 7 am, las personas detenidas siguen estando separadas, cuenta Martínez. La instalación, recuerda, incluye remolques de color beige donde duerme la gente. En unos remolques, se aloja a las madres con sus hijos; en otros, a los papás de esos niños; y en otros, a los papás detenidos con sus hijos pero sin su madre.

La rutina, entonces, empieza por la mañana. Primero el desayuno luego de que las puertas son abiertas. A las 9 am un almuerzo. Después la comida a la 1 pm. Y finalmente la cena a las 6 pm. Entre esas horas, las familias pueden convivir, pero a veces el sol era tan fuerte que no podían estar tanto tiempo juntos y mejor decidían regresar cada uno a sus remolques.

Y así todos los días, una constante repetición de eventos que desgasta. A las 8 pm, dice Martínez, las puertas se cierran y las familias no vuelven a verse hasta el otro día.

“Ni un día se vive tranquilo ahí… A nosotros nos decían que (mi hijo) ya era un adulto. Pues sí, pero tú no sabes lo que yo sentía al no tener a mi hijo conmigo”, relata el padre de la familia mariachi.

Pensaron en firmar y ser deportados por la presión de estar adentro, asegura Martínez. Pero su hijo mayor fue el que pidió que no se rindieran.

“No, vamos a darle. Primeramente Dios, vamos a salir de esta y no hay que firmar, hay que darle para adelante”, dijo el joven de 18 años, según lo que la familia le relató tras conversaciones telefónicas mientras estaban detenidos. La familia afuera podía comunicarse con ellos cuando quisieran, pero las llamadas entre personas detenidas en centros de detención diferentes estaban restringidas.

Fueron casi 12 días detenidos. El 9 de marzo, la familia completa obtuvo su libertad, con el apoyo bipartidista de legisladores estadounidenses, comunidad en general y de la escena musical de Texas, en especial de los mariachis, que protestaron para exigir la liberación de la familia originaria de San Luis Potosí, México.

Desde entonces, los miembros de la familia tienen que presentarse a registros obligatorios con las autoridades de ICE, mientras que el papá y la mamá deben usar grilletes electrónicos que tienen un rango de 120 kilómetros.

A Martínez no le importa vestir su traje de mariachi con ese grillete, aunque “a nadie se lo deseo”. Dice que la gente no le ha dado importancia y que, a pesar del tamaño del aparato, a veces ni siquiera se distingue abajo del traje de charro. Si necesita ir a trabajar más lejos del rango establecido, puede pedir permiso de manera previa.

Han cumplido con todos los requisitos de inmigración, antes y después de su detención, afirma Martínez. El caso de la familia sigue su curso en los tribunales, pero, por recomendación de su defensa legal, Martínez dice que no puede dar más detalles.

Después de la tormenta familiar, “han sido muchas bendiciones”, agrega el músico.

“Aquí en McAllen, todo el pueblo nos ayudó. Donde yo me paraba en restaurantes (para tocar), la gente nos daba de comer. Te lo juro que llegué a varios lugares para comer donde decían ‘¡Oh, mariachi brothers!’ y ellos pagaban nuestra cuenta. El manager de los restaurantes decía ‘No, ellos no pagan’”, menciona con una sonrisa.

“Toda la comunidad del mariachi se unió. En San Antonio todos los mariachis nos ayudaron… Personas reconocidas que nos ayudaron publicando (el caso)… Fue un caso bipartidista. Yo no sé de política, no sé de nada. Yo nomás sé que agradezco a todas las personas que nos ayudaron en hacer posible nuestra libertad”, expresa Martínez.

La familia no ha dejado de trabajar y, de hecho, han tenido la oportunidad de pisar grandes escenarios tras la detención. En mayo, los “hermanos mariachi” abrieron una serie de conciertos en Texas de la reconocida artista de música country Kacey Musgraves.

En el primero de esos conciertos, la banda de los hermanos tocó “El son de la negra” y “La bamba” entre otras canciones, y ya con Kacey Musgraves interpretó “Tú, solo tú”, clásico popularizado por Miguel Aceves Mejía y Pedro Infante que en la década de 1990 Selena Quintanilla convirtió en un número 1 de la lista de Billboard Hot Latin Tracks.

“Fuimos invitados también a las convenciones de (la organización hispana) UnidosUS (a finales de julio). También cantamos con Bobby Pulido. Ha sido maravilloso”, dice.

“El grillete lo seguimos portando… No damos pie a desobedecer las órdenes que ellos (las autoridades de inmigración) nos dan y pues que sea lo que Dios quiera, creemos pronto que nos lo van a quitar… Después de la tormenta viene la calma y creemos que vamos a estar bien”, finaliza.

The-CNN-Wire
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Con información de Lauren Mascarenhas, Rocío Muñoz-Ledo, Priscilla Álvarez, Michael Williams y Erick E. Beltran, de CNN.

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