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¿Qué es la ibogaína y qué trata?

Por Brenda Goodman, Jacqueline Howard y Michal Ruprecht, CNN

La ibogaína, un compuesto psicoactivo derivado de las raíces de un arbusto africano, ha ganado popularidad como tratamiento para la adicción a los opioides y a la cocaína. Existe un renovado interés en la investigación de la ibogaína, aunque actualmente es ilegal poseerla o recetarla en Estados Unidos.

También ha atraído la atención en las redes sociales, incluso por parte de Presley Gerber —modelo, defensor de la salud mental e hijo de la supermodelo Cindy Crawford—, quien falleció el domingo a los 27 años en un centro de rehabilitación de California. La muerte de Gerber está siendo investigada por el Departamento de Policía de Santa Mónica como una “posible sobredosis”, según un comunicado de prensa de dicha agencia policial. No se ha confirmado la causa ni la manera de la muerte.

Gerber, quien había hablado abiertamente sobre sus problemas con el consumo de sustancias, mencionó la ibogaína en una publicación de Instagram en marzo, en cuyo video escribió: “Antes de la dosis de saturación de ibogaína: un momento de tranquilidad antes de que todo cambiara… rezando para que sea la última vez que tenga que volver”.

La ibogaína es una de las diversas sustancias psicodélicas a las que el Gobierno de Trump ha prestado seria atención como posibles opciones de tratamiento para personas con ciertas afecciones de salud mental. Además, podrían estar cada vez más cerca de recibir la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE.UU. (FDA, por sus siglas en inglés).

En abril, el presidente Donald Trump firmó un decreto destinado a acelerar la investigación y el acceso a estos fármacos, lo que incluye una inversión de US$ 50 millones para que los gobiernos estatales estudien cómo los psicodélicos podrían ayudar a las personas que luchan contra enfermedades mentales. El decreto menciona específicamente a los “compuestos de ibogaína” como sustancias con potencial para tratar enfermedades mentales graves.

El doctor Marty Makary, quien entonces era comisionado de la FDA, dijo a CNN en abril que la ibogaína podría recibir la aprobación de la FDA una vez que la agencia revise los datos de ensayos clínicos en etapas avanzadas.

“Estos son tratamientos potencialmente prometedores”, dijo. “Veremos qué muestran los datos cuando recibamos las solicitudes, pero no queremos perder tiempo, porque se trata de un asunto urgente, dada la crisis de salud mental”.

La ibogaína y algunos otros psicodélicos están clasificados como sustancias de la Lista I por la Administración para el Control de Drogas de EE.UU. (DEA, por sus siglas en inglés), una designación que el Gobierno federal utiliza para sustancias que considera que no tienen ningún uso médico aceptado actualmente y presentan un alto potencial de abuso.

En casos poco frecuentes, también puede alterar el ritmo eléctrico del corazón, lo que genera un paro cardíaco y muerte súbita.

Pero “la FDA tiene un sistema con la DEA mediante el cual, cuando un medicamento recibe la aprobación de la FDA y esta establece criterios claros, puede administrarse con una exclusión temporal de las listas de sustancias controladas que lo exime de esas normas de aplicación de la ley, porque se administra en un hospital o una clínica bajo supervisión clínica”, dijo Makary a principios de este año. “Si llegan a aprobarse, estos no son medicamentos que uno simplemente recogerá en una farmacia. Se administran en un entorno hospitalario controlado y supervisado”.

En abril, la FDA aceptó una solicitud para investigar un nuevo medicamento que utiliza un derivado de la ibogaína, con el que los investigadores esperan ofrecer los beneficios de esta sustancia, pero sin el viaje alucinógeno ni la posible toxicidad cardíaca.

La doctora Kirsten Cherian, investigadora de la Universidad de Stanford que dirigió un estudio pionero sobre la ibogaína, calificó el decreto como un “gran paso” y añadió que podría abrir la puerta a ofrecer el tratamiento en centros de investigación de EE.UU.

“El primer paso es poder realizar la investigación en nuestro país”, dijo. “Y podría abrir muchas posibilidades de investigación. Es una época bastante emocionante”.

El compuesto, extraído de la planta de iboga de África Central, se ha utilizado desde hace mucho tiempo para reducir el deseo de consumir opioides y tratar síntomas de depresión grave, ansiedad y trastorno de estrés postraumático en veteranos.

Los antropólogos atribuyen su descubrimiento a los pueblos pigmeos de África Central, que consideraban la ibogaína un medio sagrado otorgado por Dios que les permitía reconectarse con lo divino y con los muertos. Durante el período colonial, cuando las estructuras indígenas se vieron alteradas, el compuesto brindó a las comunidades de la región un sentido de unidad y una experiencia compartida.

Años después, en 1962, investigadores de EE.UU. presentaron la ibogaína como un posible tratamiento para los trastornos relacionados con el consumo de sustancias. Los primeros resultados fueron prometedores, pero los psicodélicos se consideraban controvertidos y, en términos generales, los investigadores la “abandonaron”, explicó el doctor Arnt Schellekens, quien estudia el compuesto en la Universidad Radboud de los Países Bajos.

En 1967, la DEA clasificó la ibogaína como una sustancia controlada de la Lista I, lo que volvió ilegal su consumo.

En años recientes, la ibogaína ha conseguido el respaldo de varias figuras prominentes, entre ellas el exgobernador de Texas Rick Perry, la exsenadora por Arizona Kyrsten Sinema y el presentador de pódcast Joe Rogan.

Cuando Trump firmó el decreto este año, invitó a Rogan a hablar sobre la iniciativa.

“Quiero contarles a todos cómo ocurrió esto”, dijo Rogan desde la Oficina Oval. “Le envié información al presidente Trump”.

“El mensaje de texto que recibí como respuesta”, dijo Rogan, “decía: ‘Suena genial, ¿quieres la aprobación de la FDA? Hagámoslo’”. Agregó que fue “literalmente así de rápido”.

Las primeras investigaciones indican que la ibogaína podría alterar ciertas vías neuronales, lo que podría generar mejoras en algunas afecciones de salud mental, como el trastorno de estrés postraumático, la ansiedad o la depresión.

Las personas que reciben tratamiento con ibogaína suelen describir una fase “visual” inicial que dura entre una y cuatro horas, seguida de una fase “introspectiva” que puede prolongarse desde varias horas hasta varios días.

Durante ese período, el cerebro se vuelve más maleable y puede formar nuevas conexiones, afirma Cherian.

“Actúa sobre varios sistemas de neurotransmisores”, dijo Cherian, quien añadió que sus efectos son más intensos que los de otros psicodélicos, como la psilocibina y el LSD. “Eso contribuye, en cierto modo, a reorganizar las redes cerebrales”.

Se cree que estos mecanismos son la base de algunos de los beneficios del tratamiento. Pero Schellekens advierte que todavía se desconoce mucho sobre la ibogaína y que las pruebas que respaldan su uso siguen siendo “modestas”.

“Simplemente aún no hemos llegado a ese punto”, añadió, al enfatizar que se prefieren los tratamientos convencionales de salud mental, como la terapia y los medicamentos recetados.

Se sabe que el alucinógeno aumenta el riesgo de alteraciones del ritmo y la frecuencia cardíacos y que podría causar vómitos. Varias muertes se han relacionado con la ingesta de ibogaína, aunque no siempre está claro si la causa directa fue la propia droga, afecciones de salud preexistentes u otros factores.

“Está un tanto idealizada”, comentó Schellekens. “Pero someterse a un tratamiento con ibogaína puede ser muy peligroso. Como científico y como médico, siempre soy muy cauteloso con este tipo de sustancia”.

Por eso, señala que se necesitan más investigaciones para esclarecer su perfil de seguridad.

Para los pacientes, las familias y los profesionales clínicos que afrontan las realidades de la salud mental, siguen existiendo dudas sobre si los posibles beneficios de la ibogaína superan sus riesgos y para quiénes.

Un número creciente de veteranos militares ha recurrido a la ibogaína, muchos de ellos en busca de tratamiento para lesiones cerebrales traumáticas. El tratamiento suele realizarse en México, donde no está regulado, y constituye el último recurso para muchas personas que consideran ineficaces los tratamientos tradicionales.

“Según relatos informales, sabemos de veteranos que viajan al extranjero para acudir a clínicas de ibogaína cuando consideran que los tratamientos convencionales no han sido eficaces para sus afecciones”, escribió en un correo electrónico a principios de este año el doctor Fayzan Rab, médico residente de la Facultad de Medicina de Emory.

Charles Graham Jr., un veterano a quien se le diagnosticó un trastorno depresivo no especificado, recibió tratamiento con ibogaína en México.

“Nunca había sentido una paz así en mi vida”, aseguró Graham a CNN dos días después. “No diré que lo curó todo de la noche a la mañana, pero me dio la capacidad de liberarme de los ciclos que me mantenían prisionero”.

La popularidad del tratamiento entre los veteranos ha dado lugar a grupos de defensa como Veterans Exploring Treatment Solutions, cofundado por Amber Capone hace siete años. Ella afirma que su organización ha financiado y respaldado tratamientos con ibogaína —que pueden costar más de US$ 5.000— para más de 1.300 veteranos.

“A los veteranos se les administran tratamientos obsoletos para sus heridas invisibles”, dijo Capone. Su esposo, un veterano que padecía trastorno de estrés postraumático y tenía pensamientos suicidas, recibió el tratamiento en 2017. “Realmente parecía un último recurso y, de la noche a la mañana, nuestra vida se transformó por completo”.

En general, los expertos esperan obtener más información mediante investigaciones adicionales para comprender mejor los riesgos y beneficios de la ibogaína.

“Nos entusiasma cualquier atención federal destinada a desarrollar nuevos tratamientos para las personas que luchan contra el trastorno de estrés postraumático y la adicción a los opioides. Son poblaciones que a menudo no reciben la atención adecuada con las opciones que tenemos actualmente”, dijo Rab. “Los tratamientos novedosos merecen un análisis riguroso y tiempo para demostrar su eficacia”.

La respuesta general al decreto de Trump fue dispar porque, aunque los expertos han expresado entusiasmo, otros están preocupados por la necesidad de realizar más investigaciones sobre los riesgos y beneficios de los psicodélicos, y por la posibilidad de que los US$ 50 millones que la medida asigna a los gobiernos estatales para impulsar la investigación no sean suficientes, indicó Melissa Lavasani, fundadora y directora ejecutiva del grupo de defensa Psychedelic Medicine Coalition, que trabaja para allanar el camino a fin de que medicamentos psicodélicos seguros y eficaces se incorporen a la atención médica convencional.

“Los US$ 50 millones son un excelente punto de partida. Pero sabemos que los estudios sobre psicodélicos en general son muy costosos de llevar a cabo porque la experiencia psicodélica requiere mucho tiempo. Hay que estar en un entorno clínico”, aseguró, y agregó que la mayoría de los estados normalmente no tienen la capacidad ni los recursos para realizar estudios a gran escala de la misma manera que el Gobierno federal.

“Muchos estados no necesariamente tienen la capacidad para realizar los estudios a gran escala que se necesitan sobre los psicodélicos y, en realidad, estos tienen que provenir del Gobierno federal, simplemente porque cuestan mucho”, dijo Lavasani. “Esperemos que los US$ 50 millones impulsen a otras agencias que otorgan subvenciones a comenzar a financiar estudios a mayor escala”.

El decreto también instruyó a la FDA a otorgar vales de prioridad nacional a ciertos medicamentos psicodélicos. El programa piloto de Vales de Prioridad Nacional del comisionado de la FDA, anunciado el año pasado, se creó como una vía para acelerar el proceso de revisión de determinados medicamentos y productos biológicos que buscan aprobación.

“Esto busca agilizar internamente el funcionamiento del Gobierno para que las cosas avancen un poco más rápido y algunas de estas revisiones se completen mucho antes, de modo que podamos trabajar para conseguir la aprobación de la FDA”, dijo Lavasani, y agregó que, antes del decreto, las empresas de psicodélicos intentaron obtener revisiones aceleradas, pero sus solicitudes fueron rechazadas.

Días después del decreto, la FDA otorgó vales de prioridad nacional a empresas que estudian la psilocibina para la depresión resistente al tratamiento y el trastorno depresivo mayor, y la metilona para el trastorno de estrés postraumático.

“Esto es significativo porque acelera el acceso. Agiliza la disponibilidad de estos fármacos en el mercado y puede impulsar el diálogo sobre cómo será la cobertura de los seguros y qué infraestructura de atención médica será necesaria”, explicó Lavasani. “La pregunta no es si el Gobierno de Trump permitirá que la FDA apruebe sustancias psicodélicas, sino: ‘cuando esto ocurra, ¿qué debemos hacer para estar preparados?’. Para que esto pueda implementarse adecuadamente, para que la gente tenga acceso, para que con el tiempo los seguros puedan cubrirlo y para que podamos establecer programas de capacitación, acreditaciones y protocolos”.

Agregó que “será un proceso de ensayo y error, y no sucederá de la noche a la mañana. Incluso con un decreto, estas cosas llevan mucho tiempo”.

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