“Podría haber cometido un asesinato sin que la descubrieran”: la peligrosa ciencia detrás de la reina del crimen
Por Ashley Strickland, CNN
Antes de que Agatha Christie se convirtiera en una de las autoras más vendidas de todos los tiempos, trabajó en una farmacia de su ciudad natal, Torquay, Inglaterra, a las órdenes de alguien a quien en sus memorias solo se refiere como el señor P.
El señor P llevaba en el bolsillo un trozo oscuro de curare, un veneno que puede provocar parálisis y la muerte rápidamente. Lo llevaba consigo porque lo hacía “sentirse poderoso”, escribió Christie en “Agatha Christie: una autobiografía”. La escritora no pudo evitar observar que, pese a su “apariencia angelical”, ese comportamiento podía convertirlo en un “hombre peligroso”.
En otra ocasión, la agudeza de Christie le permitió detectar un error que cometió el señor P mientras le enseñaba a incorporar medicamentos en supositorios: sin darse cuenta, había añadido una dosis diez veces mayor de la necesaria.
Al comprender que el señor P no escucharía a una “niñita” que le señalara su error, Christie tuvo la ingeniosa idea de tirar los supositorios al suelo y “pisotearlos con fuerza” para evitar que aquel peligroso medicamento terminara en los estantes de la farmacia, según recordó en sus memorias.
La inspiración para las apasionantes novelas detectivescas de Christie surgió en este entorno inesperadamente siniestro, mientras la Primera Guerra Mundial se desarrollaba como telón de fondo. A lo largo de su vida, adquiriría profundos conocimientos sobre la ciencia de los venenos, que la ayudarían a dejar un legado perdurable en el mundo literario y más allá.
Después de dejar la farmacia del señor P, Christie comenzó a formarse como farmacéutica en el hospital de Torquay en 1916. Fue entonces cuando empezó a gestarse en su mente la idea de una historia. Un libro de texto titulado “The Pharmaceutical Pocket Book — for Practitioners & Students” (Manual de bolsillo de farmacia para profesionales y estudiantes), que leyó mientras se preparaba para sus exámenes, inspiró el arma homicida de su primera novela, “El misterioso caso de Styles”, publicada en 1920: la estricnina, una neurotoxina que en otro tiempo se utilizaba en dosis muy pequeñas como estimulante y que, combinada con otros medicamentos, servía para matar a la víctima.
Ahora, los visitantes pueden contemplar su ejemplar personal de aquel pequeño manual, que presenta manchas misteriosas y lleva la inscripción “A. Christie” garabateada en la esquina superior derecha, en una nueva exposición titulada “Agatha Christie: A World of Mystery” (Agatha Christie: un mundo de misterio).
La exposición, que se inaugura el 30 de octubre en la Biblioteca Británica de Londres, será la primera ocasión en que este pequeño libro y muchos de los más de 200 objetos aportados por su familia y la entidad que administra su legado se exhiban al público, según explicó Lucy Rowland, curadora principal de la muestra.
El manual era uno de los numerosos objetos que revelaban cuánto trabajo de investigación había detrás de la obra de Christie y constituía una prueba tangible de que la autora tenía un profundo conocimiento de los medicamentos y las mezclas químicas mortales, señaló Rowland.
Las descripciones precisas que Christie hizo de los venenos, utilizados como arma homicida en 41 de sus 66 novelas detectivescas, siguen siendo válidas en la actualidad.
“Era muy fácil leer a Christie en la adolescencia y no darse cuenta de que estaba aprendiendo ciencia”, afirmó la Dra. Kathryn Harkup, exquímica y autora de “A Is for Arsenic: The Poisons of Agatha Christie” (La A es de arsénico: los venenos de Agatha Christie). “Es divulgación científica encubierta en su máxima expresión. La construcción de la trama, la habilidad técnica necesaria para transmitir ideas científicas complejas sin que el lector se dé cuenta… Dios mío, eso es talento”.
Y sus historias de misterio y asesinato, sustentadas en conocimientos científicos, podrían incluso haber ayudado a resolver crímenes reales. En particular, sus primeros años de trabajo con el señor P inspiraron directamente obras posteriores que podrían haber evitado casos de envenenamiento.
Christie sigue siendo la indiscutible reina del crimen 50 años después de su muerte y continúa siendo, en cierto modo, un enigma.
En público, Christie mantuvo una actitud humilde y llegó a describirse célebremente como una “máquina de hacer salchichas”, de la que sus editores esperaban un éxito tras otro.
“Todo eso forma parte de la construcción de una imagen pública que no amenaza ni asusta a la gente”, afirmó el Dr. Jamie Bernthal-Hooker, especialista en Christie e investigador visitante de Lengua Inglesa y Escritura Creativa en la Universidad de Suffolk, en el Reino Unido. “Incluso hoy, la gente teme a las mujeres inteligentes y poderosas. Me gusta decir que su mayor creación de ficción fue Agatha Christie”.
Nuevas aproximaciones a su vida, como la exposición de la Biblioteca Británica, están aportando perspectivas inéditas sobre esta mujer aventurera que supo mantenerse al ritmo de los cambios radicales que se produjeron durante su vida, entre 1890 y 1976.
“Durante los primeros 11 años de su vida, la reina Victoria estaba en el trono”, señaló el Dr. Mark Aldridge, historiador especializado en Christie y profesor asociado de Historia de los Medios Audiovisuales en la Universidad Southampton Solent, en el Reino Unido. “Para cuando escribe sus libros a finales de los años 60, presencia la llegada del hombre a la Luna. Siempre he sostenido que, si hubiera vivido unos años más y hubiera visto ‘Star Wars’ en 1977, habría escrito ‘Asesinato en el espacio’, porque le encantaban las cosas nuevas”.
Aunque Christie no recibió una educación formal, su curiosidad y su capacidad de observación guiaron su manera de ver el mundo. También tenía una imaginación desbordante, probablemente porque provenía de una familia de narradores a quienes les encantaba viajar, según explicó su bisnieto James Prichard, presidente y director ejecutivo de Agatha Christie Limited, la empresa que gestiona los derechos de sus obras. La literatura, el teatro y la ópera alimentaron aún más su interés por crear sus propias historias.
Antes de convertirse en una autora publicada y de trabajar en una farmacia, Christie comenzó como enfermera voluntaria a los 24 años y atendió a soldados heridos en el Hospital de la Cruz Roja de Torquay en 1914, durante la Primera Guerra Mundial. Con su esposo combatiendo en la guerra, Christie se sintió motivada a ayudar de cualquier manera posible.
Tuvo que aprender mientras trabajaba y pasó rápidamente de enrollar vendajes a atender a soldados heridos. Christie admite en sus memorias que se sintió “avergonzada” cuando estuvo a punto de desmayarse al ver sangre y heridas la primera vez que presenció una operación quirúrgica, pero eso no volvió a ocurrir. Aprendió a mantener la compostura y apartaba la mirada cuando se realizaban incisiones con el bisturí.
Disfrutó tanto de la enfermería que llegó a pensar que, si no se hubiera casado, probablemente se habría “formado como una auténtica enfermera de hospital” después de la guerra. En 1916, cambió de rumbo y comenzó a aprender a preparar medicamentos para ayudar en la farmacia, que tenía poco personal.
Los conocimientos que Christie adquirió a partir de sus numerosas experiencias de vida están entretejidos de manera sutil, pero magistral, en sus novelas y han contribuido a consolidar su reputación como una genio adelantada a su tiempo.
En particular, Christie perfeccionó su atención al detalle durante su exhaustiva formación farmacéutica para el examen de asistente de la Sociedad de Boticarios en 1917. Una noche, después de despertarse presa del pánico, regresó apresuradamente a la farmacia del Hospital de Torquay, preocupada por haber contaminado accidentalmente una pomada con otra sustancia mientras la preparaba aquella tarde. Revisó todos y cada uno de los recipientes de pomada para asegurarse de que no hubiera ocurrido, según sus memorias.
Esta experiencia directa se refleja en su primera novela, “El misterioso caso de Styles”, cuando el personaje de Cynthia Murdoch, una voluntaria de farmacia, dice: “Si ustedes supieran lo terriblemente fácil que es envenenar a alguien por error, no bromearían al respecto”.
Christie comprendió que existía una línea muy delgada entre los efectos beneficiosos y perjudiciales de los medicamentos. Medir o mezclar incorrectamente un medicamento podía convertir un tratamiento capaz de salvar vidas en una sustancia letal, como pueden comprobar los visitantes de la exposición al recorrer una recreación de una farmacia.
Entre los objetos expuestos se encuentra un poema de 1925 escrito con tinta azul, titulado “In the Dispensary” (En la farmacia), que también refleja sus reflexiones sobre este peligroso equilibrio: “Aquí acechan la amenaza, el asesinato y la muerte súbita, en estos frascos verdes y azules”.
Como escritora de ficción, Christie no estaba obligada a ser precisa, pero se esforzaba enormemente por evitar errores en sus obras, y esos conocimientos especializados se reflejaban en su escritura sin adornos innecesarios. Otros autores de novelas policiales de su época, como Dorothy L. Sayers, solían incluir detalles superfluos para demostrar que habían investigado, pero Christie no lo hacía, explicó Harkup.
La reseña de su primera novela que más satisfacción le produjo apareció publicada en “The Pharmaceutical Journal”, que elogió sus conocimientos y el uso de la estricnina, en lugar de las sustancias ficticias imposibles de detectar a las que tan a menudo se atribuían los crímenes en otras historias. “La señorita Agatha Christie sabe lo que hace”, escribió el crítico.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Christie, que para entonces ya era una autora reconocida, volvió a estudiar para trabajar en la farmacia del University College de Londres, donde el farmacéutico jefe, Harold Davis, le sugirió utilizar talio como veneno en una de sus novelas.
Christie combinó aquella recomendación con sus observaciones previas sobre el señor P, quien sirvió de inspiración para el siniestro farmacéutico de su novela de 1961, “El misterio de Pale Horse”.
La trama gira en torno a la ciencia frente a la superstición, explicó Aldridge, de la Universidad Southampton Solent, quien analizó el libro junto con el escritor y podcaster Gray Robert Brown en un podcast y en el próximo libro “The Swinging Christies”. En “El misterio de Pale Horse”, la víctima parece haber sido maldecida por unas brujas, pero, atención, viene un spoiler: en realidad, muere lentamente a causa de un veneno poco común, el talio.
Apodada el “veneno de los envenenadores”, esta sustancia tóxica, insípida e inodora, actúa lentamente e imita el comportamiento del potasio en el organismo, lo que dificulta su detección hasta que es demasiado tarde.
En el libro, dos mujeres se pelean y se tiran del pelo. Una de ellas pierde una gran cantidad de cabello desde la raíz y muere poco después. Es una pista sobre los siniestros acontecimientos de la novela y su responsable: el envenenamiento por talio provoca la caída del cabello.
El uso que Christie hace del talio en la novela es tan preciso que se le atribuye haber salvado la vida de dos personas.
Por ejemplo, en 1975 recibió una carta de una joven sudamericana que contó que la lectura de “El misterio de Pale Horse” la llevó a darse cuenta de que la esposa de un conocido lo estaba envenenando lentamente, según Harkup.
“Pero de esto estoy absolutamente segura: si no hubiera leído El misterio de Pale Horse y, por tanto, no hubiera conocido los efectos del envenenamiento por talio, X no habría sobrevivido”, dice la carta, citada en el libro de Harkup “A Is for Arsenic”. “Solo el tratamiento inmediato lo salvó. Y los médicos, incluso si hubiera ido al hospital, no habrían sabido a tiempo cuál era el problema”.
Después de la muerte de Christie, una enfermera londinense llamada Marsha Maitland, que también había leído la novela, logró identificar los síntomas de envenenamiento por talio en una niña enferma de 19 meses en 1977.
La pequeña, que había enfermado misteriosamente, fue trasladada a Londres, donde Maitland sugirió que sus extraños síntomas coincidían con los descritos en “El misterio de Pale Horse”. Un análisis de orina confirmó la presencia de talio, un ingrediente de un insecticida utilizado para eliminar plagas en la casa de la niña, que lo había ingerido accidentalmente. Con tratamiento, la pequeña se recuperó por completo en cuatro meses.
Los médicos que atendieron a la niña publicaron un artículo sobre el caso ese mismo año, en el que incluyeron un agradecimiento que decía: “Estamos en deuda con la difunta Agatha Christie por sus excelentes y perspicaces descripciones, y con la enfermera Maitland por mantenernos al día con la literatura”.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Christie nunca volvió a trabajar en una farmacia, pero se mantuvo al tanto de los rápidos cambios en el mundo de la medicina mediante la lectura y el contacto con un impresionante grupo de expertos. Sus historias de la década de 1960 incluso incluían referencias ocasionales a drogas recreativas cada vez más populares.
“Sabe lo que hace. Podría haber cometido un asesinato sin que la descubrieran” si hubiera querido, afirmó Aldridge.
En lugar de recurrir a pistas que se reúnen discretamente fuera de las páginas del libro o en la mente de un detective como Sherlock Holmes, Christie siempre presenta a sus lectores todos los datos necesarios para resolver el caso.
“Siempre juega limpio con sus lectores, solo que juega a un nivel diferente al del resto de los mortales”, afirmó Harkup. “Deberías poder resolverlo. Pero probablemente no lo consigas”.
Sus crímenes están despojados de detalles escabrosos: rara vez se mencionan fluidos corporales en sus páginas. Sin embargo, el veneno, que tantas veces sirvió como arma mortal en sus libros, proporcionó a Christie un intrigante arsenal literario para sus asesinos.
“Sentarse a pensar, planear, conseguir y administrar un veneno, y luego esperar a que surta efecto, añade un grado de perversidad que creo que nos fascina”, señaló Harkup.
En la prosa engañosamente sencilla de Christie se esconden indicios de hasta qué punto comprendía los mejores y peores matices de la naturaleza humana, explicó la Dra. Michelle Kazmer, decana de la Facultad de Comunicación e Información y profesora de la Escuela de Información de la Universidad Estatal de Florida.
“Agatha Christie tenía mucho más que decir sobre los grandes conceptos de lo que significa ser humano y, desde una perspectiva muy amplia, abordó cuestiones como el amor, la justicia, el bien y el mal”, afirmó Kazmer, quien también ha estudiado la obra de Christie.
Además de sus escenarios de envenenamiento científicamente verosímiles, en las novelas de Christie aparecen numerosos médicos y farmacéuticos, a veces como víctimas y otras como asesinos, lo que demuestra que sus primeros contactos con el mundo de la medicina nunca desaparecieron de su mente.
“Uno no es bueno en estas cosas a menos que tenga algún tipo de interés”, afirmó Prichard, bisnieto de Christie. “No creo que entrara en el hospital al comienzo de la Primera Guerra Mundial sabiendo que le interesaría, pero creo que ese interés fue creciendo. Y la acompañó durante toda su vida”.
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