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Algunos estadounidenses no creen que todas las personas sean iguales. Y su movimiento gana terreno, según una académica

Por John Blake, CNN

Sostienen como verdad evidente que solo un insensato cree que todos los hombres son creados iguales.

Miren a su alrededor, dicen. La mayoría de los estadounidenses son personas que toman recursos, no que los generan. Los ricos trabajan más duro. Los pobres toman malas decisiones. Algunos grupos raciales nacen con más inteligencia que otros. Puede que eso suene duro para algunos, pero recuerden —dicen— que “la empatía es una debilidad”.

Estas observaciones provienen de algunas de las figuras más prominentes del país. Al parecer, rechazan la creencia fundamental estadounidense —consagrada en la Declaración de Independencia— de que “todos los hombres son creados iguales”. En cambio, estas personas pertenecen a una “tradición en las sombras” de antiigualitarios que han luchado contra los ideales fundacionales de Estados Unidos. Ahora, su movimiento se está generalizando, según señala una historiadora en un nuevo libro.

Estos antiigualitarios predican “feroz, airada y apasionadamente” variantes del mismo argumento: que la desigualdad extrema no solo es inevitable en Estados Unidos, sino que también es beneficiosa para el país, afirma Kim Phillips-Fein. Su libro, “Country of Lords: Neo-Aristocrats, Social Darwinists, Tech Utopians, and the Long Fight Against Equality in America” (País de señores: neoaristócratas, darwinistas sociales, utópicos tecnológicos y la larga lucha contra la igualdad en Estados Unidos), rastrea esta corriente de pensamiento hasta algunos de los llamados Padres Fundadores del país.

Phillips-Fein cita a figuras destacadas como Elon Musk y el inversor de capital riesgo Peter Thiel, así como a predecesores ideológicos como John Adams, el magnate del acero Andrew Carnegie y el fabricante de automóviles Henry Ford.

“Están floreciendo ideas abiertamente antiigualitarias: la afirmación de que la monarquía podría ser preferible a la democracia; que las sociedades autocráticas, donde el poder se controla estrictamente desde arriba, son preferibles a las abiertas; que los ricos son más inteligentes, capaces y talentosos que quienes carecen de dinero; y que la sociedad simplemente debería aceptar la concentración de riqueza intergeneracional”, escribe Phillips-Fein en “Country of Lords”.

Estas ideas también prosperan debido a las condiciones económicas recientes en Estados Unidos, señala Phillips-Fein, finalista del premio Pulitzer por un libro sobre la crisis fiscal de la ciudad de Nueva York en la década de 1970 y el auge de las políticas de austeridad.

La desigualdad de ingresos y riqueza en Estados Unidos es mucho mayor que en casi cualquier otra nación desarrollada. Un pequeño grupo de personas adineradas ejerce un poder desproporcionado sobre la vida económica y política del país.

Mientras la nación celebra su 250º aniversario, es fácil olvidar qué impulsaba a muchos estadounidenses de la época revolucionaria: el odio a las jerarquías y a la desigualdad. Imaginaban un “país sin señores, reyes ni aristocracia hereditaria”, escribe Phillips-Fein.

Phillips-Fein habló con CNN sobre cómo esos ideales se han erosionado en los últimos años y por qué algunas personas de clase trabajadora y de escasos recursos aceptan la idea de que la desigualdad extrema es beneficiosa para Estados Unidos. También abordó cómo la creciente popularidad de candidatos del socialismo democrático en EE.UU. podría representar un retorno a los ideales igualitarios.

Sus comentarios han sido editados para mayor brevedad y claridad.

Intentaba responder a la pregunta de por qué el conservadurismo está tan profundamente arraigado en la historia de Estados Unidos. ¿Por qué estas ideas resultan tan atractivas a menudo? Una forma de abordar esto era examinar la larga trayectoria de dichas ideas, y no limitarse a momentos puntuales como las elecciones de 2016 o la era de Ronald Reagan en las décadas de 1970 y 1980.

El libro intenta analizar cómo la economía y la sociedad estadounidenses han llegado a ser extraordinariamente desiguales hoy en día. ¿A qué se debe esto? ¿Y cómo es posible que la gente acepte este nivel tan elevado de desigualdad económica que… dificulta cada vez más el funcionamiento de la democracia?

Cuando comencé a trabajar en este libro, no imaginaba que se publicaría justo en el verano en que veríamos surgir al primer billonario del mundo (Elon Musk, aunque fuera brevemente). De eso trata el libro: ¿cómo se produjo esta increíble concentración de riqueza?

Si repasamos la historia de Estados Unidos, encontramos una tradición manifiesta que ensalza los ideales de igualdad y democracia. Es habitual escuchar a la gente defenderlos de palabra y hablar de la versión oficial —la de los libros de texto— de la historia estadounidense. Pero, paralelamente a esta y en diálogo con ella, existe una tradición en la sombra estrechamente vinculada a otro conjunto de ideas que sostienen que, en realidad, las personas no son iguales.

Esas ideas plantean que hay individuos superiores a otros, que la desigualdad que nos rodea refleja tales diferencias innatas y que la desigualdad es algo positivo, necesario y la única forma auténtica de organizar la vida social.

Resulta llamativo con qué frecuencia se escucha a personas contradecir explícitamente el discurso de la Declaración de Independencia. (Ella cita a Ford, el magnate de la industria automotriz, quien escribió en su autobiografía: “Sin duda alguna, todos los hombres no son iguales; cualquier concepción democrática que pretenda igualar a los hombres no es más que un intento de obstaculizar el progreso”).

Sí. Se observa… en sectores importantes del Partido Republicano, en Silicon Valley y en las altas esferas del mundo tecnológico.

Nunca ha sido algo confinado a los márgenes. Muchas de las personas sobre las que escribo en el libro eran adineradas y gozaban de gran relevancia en su época. El libro aborda la figura de Andrew Carnegie, una de las personas más ricas de finales del siglo XIX y principios del XX, quien escribió extensamente en defensa de la desigualdad. También menciona a William Graham Sumner, profesor de Yale. Incluso John Adams (el segundo presidente de Estados Unidos) se sentía profundamente incómodo con algunos de los planteamientos más igualitarios de la era revolucionaria.

Uno de los peligros de una sociedad profundamente desigual es que crea un terreno abonado para justificaciones ideológicas y filosóficas de dicha desigualdad. Eso es precisamente lo que estamos presenciando hoy en día.

El libro concluye analizando a Peter Thiel, quien ha expresado su ambivalencia respecto a la democracia misma (Thiel llegó a escribir: “Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”). Sin duda, esto resuena en los comentarios de Elon Musk (quien afirmó en una entrevista de 2025 que “la debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”).

Pensemos en el vicepresidente J. D. Vance, quien declaró (en un discurso de 2025) que Estados Unidos no es una nación definida por un credo. (Vance también sostuvo que el país no se basa simplemente en una idea, sino en “un pueblo concreto” y en “un conjunto específico de creencias”).

Milton Friedman (el fallecido economista y premio Nobel) cita específicamente a Muhammad Ali y a la legendaria actriz Marlene Dietrich como ejemplos. Ambos poseían algo especial que nadie más tenía y llegaron a acumular una riqueza fabulosa. Friedman sostenía que era justo y equitativo que así fuera: triunfaban en el mercado y, además, el resto de la sociedad se beneficiaba al poder disfrutar de sus dones singulares. Esa es una versión de este argumento.

Quienes defienden muchos de estos argumentos gozan de una riqueza y un privilegio social evidentes. A menudo parece que, aunque uno no pertenezca a ese círculo selecto, si plantea o adopta estas ideas, puede ganarse el favor de los demás y, tal vez, lograr abrirse camino hacia ese grupo privilegiado.

Este conjunto de ideas puede ser adoptado por personas ajenas a las élites adineradas y adaptado para brindarles una sensación de superioridad frente a quienes consideran subordinados. Así, pueden participar de esta cosmovisión y obtener cierto tipo de satisfacción psicológica.

En un mundo donde la gente percibe realmente la existencia de ganadores y perdedores, existen dos opciones. Una es afirmar que lo que necesitamos es un camino distinto: una sociedad menos jerárquica. Pero si esa alternativa parece inalcanzable, entonces tal vez resulte preferible adoptar esa visión no igualitaria e intentar llegar uno mismo a la cima.

Lo que significa la igualdad es que todas las personas poseen una profunda inteligencia innata, un valor propio y una sensibilidad moral. Y que una sociedad justa es aquella… en la que el potencial igualitario de las personas para prosperar y alcanzar la felicidad puede manifestarse. En realidad, no se trata de ser idénticos. Es un reconocimiento de la diferencia, pero uno que valora la dignidad intrínseca de los demás.

Sí, profundamente. Gran parte del atractivo del socialismo democrático nace del rechazo a la desigualdad extrema que observamos hoy en el país y de la percepción de que existen diferentes categorías de ciudadanía; algo que la gente no desea.

Cuando se habla del atractivo del socialismo democrático, se suele mencionar el lenguaje de la asequibilidad y las dificultades que enfrenta la clase trabajadora. Sin duda, eso es parte de la cuestión, pero va mucho más allá. Existe también un sentimiento real de indignación y rechazo ante la concentración de riqueza en la cima, así como el deseo de construir un país más igualitario… un deseo que apela a un sentido fundamental de dignidad humana.

No creo que exista una única respuesta, pero señalaría dos aspectos. Considero que una participación política democrática real —entendida en sentido amplio, más allá de los partidos— contribuye enormemente a empezar a corregir estas desigualdades extremas. Involucrarse personalmente en la política… junto con otras personas, permite materializar las ideas de igualdad y democracia, además de infundir esperanza en el futuro.

Asimismo, estudiar historia resulta de gran ayuda. Aunque no resuelva nada a corto plazo, adquirir una conciencia más profunda del pasado del país constituye un recurso inestimable para construir un futuro más democrático e igualitario.

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