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Cuando su madre enfermó, trasladó un carrusel a su casa. Hoy, esta reliquia de 100 años sigue alegrando a niños del barrio

Por Anabella González, CNN en Español

En una esquina de la Ciudad de Buenos Aires, José Luis Rodríguez abre un portón de rejas gris, como cada día, para que los niños del barrio puedan entrar al patio de su casa, donde se emplaza un tesoro de más de 100 años: un hermoso carrusel. Esta reliquia ha estado en su familia desde 1920. Cada vez que la hace girar, le da vida a una tradición que no tiene relación con un mandato sino con la sola finalidad de repartir alegría.

Es una tarde fría de mayo y el sol ilumina apenas una parte de la calesita, como se la nombra en Argentina, que conserva todos los animales de madera que hizo y pintó originalmente su padrino, Don Luis Rodríguez, de quien heredó el oficio de calesitero. “No es un trabajo para mí… Yo la paso bien”, dice José Luis.

El carrusel de Don Luis tiene algo que lo hace aún más especial: funciona desde hace más de 50 años en el patio de una casa de familia en el barrio de Liniers, en el oeste de la capital argentina. La cúpula de esta calesita porteña es parte del paisaje de la casa desde que la madre de Don Luis enfermó y él, que estaba a su cargo, vio en esa decisión la solución para poder seguir trabajando.

Desde entonces, el tiempo ha cambiado algunas cosas. Los niños que daban vueltas en el carrusel de Don Luis son ahora padres y abuelos que llevan a sus hijos y nietos; la música ya no suena gracias a un tocadiscos sino con una tablet y José Luis, que nunca se había visto como calesitero, hoy no puede imaginar su vida sin serlo.

Mucho ha cambiado. Pero cuando el carrusel comienza a girar, el paso del tiempo parece importar poco.

Este es el barrio que vio nacer a José Luis, en el que vivió toda su vida. Esta esquina es hoy su casa, pero antes fue la casa de Don Luis, primo hermano de su padre, y antes de eso fue la casa en la que Don Luis vivió con sus padres.

El padre de Don Luis compró el carrusel en el año 1920. “Los calesiteros en su mayoría eran gallegos, él era gallego, y le ofrecieron comprarla”, cuenta José Luis a CNN. Por esos años, el carrusel no tenía un lugar fijo: se trasladaba de pueblo en pueblo en el interior de la provincia de Buenos Aires, donde participaba de distintas kermeses.

Algunos años después, el carrusel tuvo su primera locación estable frente a una estación de tren en el barrio de Floresta de la misma capital, a pocos minutos de su ubicación actual. Allí Don Luis empezó a trabajar con su padre cuando tenía 14 años.

José Luis recuerda la presencia familiar del carrusel desde muy chico. Dice que su padrino lo buscaba en bicicleta e iban juntos hasta Floresta. Él daba varias vueltas seguidas en el carrusel mientras su padrino trabajaba y, cuando se cansaba, se iba un rato a jugar a una plaza cercana hasta que terminaba la jornada y era hora de regresar juntos al barrio.

Mientras recuerda en voz alta, por la esquina pasa una vecina, lo mira. Él interrumpe la conversación y se saludan. La escena se repite varias veces a lo largo de la tarde: casi todas las personas que pasan por la esquina miran hacia adentro, buscan los ojos de José Luis y lo saludan.

El cambio para el carrusel llegaría en 1967. Al ser hijo único, cuando murió el padre de Don Luis él quedó al cuidado de su madre. Y cuando ella se enfermó, él diseñó una estrategia para estar cerca sin dejar de lado la calesita, que además de ser su pasión era el sustento económico familiar. Decidió entonces achicarla, una tarea artesanal que le llevó varios meses, y trasladarla al patio de su casa.

La de Don Luis es una de las 55 calesitas y carruseles que actualmente hay en la Ciudad de Buenos Aires, distribuidas en 15 comunas, pero la única en el patio de una casa.

En este carrusel todos los animales —caballos, cebras, camellos— tienen cada uno pintado su nombre (Rubio —el primer caballo que hizo funcionar la calesita—, Nita, Rosa). También tienen nombre los autos y los barcos (Antártida, Malvinas); y los cuadros de paisajes que, al igual que casi todo lo demás, también los pintó Don Luis. Miembro destacado de la Asociación Argentina de Calesiteros, los mantenimientos de rutina de la maquinaria estaban a su cargo. Él mismo hacía las sortijas y, si había algo que reparar, ajustar o mejorar, él se encargaba.

En las décadas siguientes, Don Luis afianzó su vínculo con el barrio. No tuvo hijos, por lo que luego de la muerte de su madre siguió viviendo solo y abriendo la calesita para los niños vecinos y también de comunidades aledañas.

María Paula es vecina del barrio desde que nació y sus primeros recuerdos se remontan a sus 4 años, cuando Don Luis todavía manejaba el carrusel: “Siempre alegre, haciendo girar la sortija y despidiéndonos con un caramelo en la mano”, cuenta. Su ahijado todavía repite ese gesto, que es una suerte de marca registrada.

Ahora ella, con 31 años, llega a la esquina de Liniers para dar un paseo con su pequeño hijo, de 2. Dice que verlo disfrutar del mismo espacio de su infancia es “una experiencia maravillosa y emocionante”.

José Luis y su esposa, Mónica, que tuvieron dos hijas, vivieron durante años a dos casas de la calesita. Además del lazo familiar, cultivaron una relación de cariño con Don Luis que se estrechó a medida que él necesitó más asistencia por su edad. Mónica dice que la trataba como una hija y que cuando tenía que tomar decisiones difíciles, él la guiaba. A los dos se les alegra la mirada cuando hablan de él. Dicen que, hasta sus últimos días, fue muy querido por su comunidad (y que sigue siéndolo).

“Con su trabajo incansable y su cariño profundo por la comunidad, Don Luis dejó una huella imborrable en los que tuvimos la fortuna de conocerlo. Su calesita sigue siendo mucho más que un juego, es un símbolo de encuentro, de recuerdos compartidos y de la identidad de todo un barrio”, dice María Paula.

En el día de su cumpleaños 90, la municipalidad organizó un festejo, colgó pasacalles y cortó la calle para celebrar a Luis en la cuadra. Ese día le regalaron una torta de 90 kilos para compartir con los vecinos.

Tres años después, en junio de 2013 y a los 93 años, Don Luis falleció. Los vecinos se acercaron a su casa con flores y velas, los niños le llevaron dibujos. “Muchos días duró”, recuerda José Luis. “Increíble lo que generó, pero él era así, en su casa era igual, alegre. Nunca lo ibas a ver mal, siempre contento”.

Cuando su padrino murió, José Luis miraba el rol de calesitero desde la distancia. Aunque había crecido a la par del carrusel, no pensó que ese sería un lugar que alguna vez asumiría como propio.

Se dedicó a la venta de GNC, de materiales eléctricos, entre otros rubros. Cuenta que había tenido charlas con Don Luis sobre el futuro y que él no quería que su ahijado se hiciera cargo de algo que no tenía previsto, ni quería hacer: “Él decía ‘yo quiero que siga dando vueltas la calesita, pero vos tenés tu trabajo, tenés tu familia, y los fines de semana tenés que salir a pasear, así que la vendemos’”.

Hasta ese momento, ese era el único destino posible.

Pero en agosto, a tres meses de su muerte, José Luis se sentó a conversar con su familia y decidió abrir el carrusel algunos días a la semana, mientras seguía con su trabajo. Desde ese día ya pasaron casi 13 años, hoy está jubilado y la calesita abre de martes a sábado, por las tardes. “Es algo lindo, me entretengo con los chicos, me gusta. Si no te gustan los chicos es algo que no podés hacer”, dice.

José Luis parece querer mantener vivo un legado que se adapta al paso del tiempo. El carrusel primero funcionaba con un caballo, Rubio, que se movía cuando sonaba un órgano musical. Años después funcionó con un motor de auto, ahora con un motor eléctrico.

Con la música ocurrió algo similar: después del órgano vinieron los discos, para luego dar paso al cassette y después al CD. Ahora José Luis musicaliza las vueltas con canciones que están en plataformas de internet y se ríe al imaginar la expresión de su padrino si viera cómo lo hace.

A Don Luis le gustaba musicalizar con tangos, cuenta José Luis. Cuando alguien se quejaba y pedía otro tipo de música, él insistía: “El tango es argentino, somos argentinos y los chicos tienen que aprender lo que es la música”.

El registro del paso del tiempo también se hace sentir en el barrio. Históricamente de casas bajas, hoy esta urbanización empezó a tomar altura con varios edificios que contrastan con el resto. Los carteles de venta y el ruido de las obras en construcción anuncian que eso seguirá ocurriendo. Pero en esta esquina, hay un legado que, aunque cambie con el tiempo, conserva una esencia que por momentos se siente eterna.

José Luis no sabe qué traerán los años ni si en ese futuro alguien seguirá haciendo girar el carrusel. “Va a llegar un momento en que yo tampoco voy a seguir dando vueltas… pero por ahora seguimos”.

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