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Los gigantes amenazando nuestras democracias son otros

Nota del editor: Dan Restrepo es abogado, estratega demócrata y colaborador político de CNN. Fue asesor presidencial y director para el Hemisferio Occidental del Consejo Nacional de Seguridad durante la presidencia de Barack Obama. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor.

(CNN Español) — Son malvados.

Son una influencia indudablemente negativa.

Son una amenaza a la democracia, los derechos humanos, y el estado de derecho en sus países.

Pero no son gigantes.

Ni son la razón detrás de toda la tensión que existe en las Américas hoy aún si quieren que les consideremos así.

Son fracasos fundamentales. Y no lo debemos olvidar.

Y para calmar la región y avanzar los intereses de democracia y economías de mercado en todo el hemisferio occidental es clave no convertir ni a Nicolás Maduro ni a sus padrinos en Cuba en gigantes ni responsabilizarles de todo lo negativo que existe en la región.

Hacerlo es analítica y políticamente perezoso.

Y más allá es peligroso porque distrae del trabajo necesario para que la democracia y los mercados den resultados para todos. Resultados que incluyen frutos para segmentos de nuestras sociedades que se encuentran marginalizados y que se han encontrado marginalizados por demasiado tiempo. Sectores con frustraciones profundas que se tienen que respetar.

Porque sin ampliar el alcance de los frutos de un mundo liberal, sus enemigos —de izquierdas anacrónicas y derechas ahistóricas— tendrán más oxígeno para tratar de minar los precarios sistemas democráticos en más y más países en el hemisferio. Y en el mundo en general.

El hemisferio occidental, a pesar de décadas de democracias y políticas de mercado y lentos avances en las últimas décadas, sufre de una inequidad insostenible.

El hemisferio también —en demasiados casos— carece de instituciones de gobierno transparentes y capaces de otorgar servicios básicos que cada día sus ciudadanos exigen con más vigor.

Aunque los fracasos económicos más obvios en Latinoamérica —Venezuela y Cuba— son indudablemente resultado de sistemas corruptos y antidemocráticos de una izquierda anacrónica, la falta de equidad, transparencia y capacidad de gobierno básico a lo largo de la región no surge ni de Caracas ni de La Habana.

La corrupción relacionada a, por ejemplo, Odebrecht y todos los políticos corruptos que aceptaron sus sobornos a lo largo y ancho del hemisferio y así minaron la credibilidad de una tras otra democracia, no son resultado de un complot castrochavista.

Tampoco lo es el oxígeno dado al crimen transnacional organizado que desestabiliza tantos países en el hemisferio por el consumo de drogas tanto en el mercado número uno del mundo de drogas ilícitas —Estados Unidos— como el consumo interno en un número creciente de países de la región.

Estos y otros factores contribuyen a un hemisferio que está perdiendo la fe en el valor de la democracia. Un fenómeno que nos debe preocupar a todos sin referencia a donde nos encontremos en el espectro ideológico y político.

Según un nuevo estudio realizado por la Universidad de Vanderbilt, el apoyo a la democracia electoral en Latinoamérica no supera el 60 por ciento y en 10 de los 18 países estudiados no pasa del 50 por ciento.

Ni parece que enfocarse en políticas de nativismo blanco, que convierte vecinos en enemigos y los culpables de todos los retos del país; ni enfocarse en un “Triángulo de Tiranía” (Cuba, Venezuela, y Nicaragua); ni convertirse en campeón del proteccionismo comercial, como está haciendo la administración Trump, están dando dividendos positivos.

Por primera vez en la historia, los ciudadanos en las Américas confían más en China que en Estados Unidos. Es decir, confían más en un país autoritario que en el gran éxito democrático y liberal en la historia.

Si queremos revertir estas tendencias. Si queremos que la apertura del siglo XXI no se recuerde como décadas en que la Américas dieron la espalda a una visión liberal de democracia y mercados con resultados para todos, tenemos todos que ponernos a trabajar.

En Estados Unidos y en todos los demás países de las Américas.

No a luchar contra gigantes de nuestra construcción sino para fomentar más resultados compartidos que contrarrestan los gigantes que son indudablemente un cáncer en nuestro hemisferio: la inequidad, la inseguridad, y la corrupción.

Eso requiere, entre muchas otras cosas, escuchar nuevas voces en nuestros sistemas políticos y no despreciar cualquier expresión de malestar como resultado de fuerzas externas malvadas.

Requiere tomar pasos para que el sector privado forme parte clara de la solución y que reconozca en todo el hemisferio lo que el sector privado estadounidense subrayó en agosto en una ruptura con el recién pasado —poca analizada a pesar de su importancia— que hay valor añadido del mundo empresarial que tiene que ir más allá del valor creado para los accionistas.

Y, por su puesto, nuestro trabajo también tiene que incluir políticas que ayuden que nuestras hermanas y nuestros hermanos cubanos y venezolanos tengan la misma oportunidad al derecho sagrado que todos tenemos: el derecho de libremente determinar nuestro propio destino.

Pero no se pueden limitar a eso.

CNN