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Estos hermanitos estuvieron desaparecidos durante tres años. Décadas después, el menor de ellos intenta reconstruir qué pasó

Por Anabella González, CNN en Español

Cuando Pablo Jesús García mira hacia el pasado, los recuerdos que tiene son borrosos, aislados. Para entender y armar la historia de los primeros años de su infancia fue hilando, de a poco, algunas de esas visiones hasta lograr algo parecido a una sucesión cronológica.

“Tengo recuerdos, pero no los tenía ordenados en una línea de tiempo”, dice. En esa cronología, estamos en 2026 y en julio él cumplirá 24 años.

Con apenas 3 meses de vida, él y sus hermanas María y Sara, de entonces 5 y 6 años, desaparecieron en Argentina. Era el año 2003. Los encontraron por casualidad, más de tres años después, cuando una trabajadora social reconoció la cara de uno de ellos en una campaña pública de Missing Children Argentina, la organización sin fines de lucro que busca a niños perdidos.

¿Cómo ocurrió eso?

Para ordenar la historia, hay que empezar por el año 2003, cuando la madre de Pablo y de sus hermanas mayores huyó con ellos tres desde Buenos Aires hasta Córdoba, una provincia ubicada a unos 700 kilómetros de distancia. Pablo se enteraría mucho después, por el propio relato de su mamá, que lo hizo para escapar de situaciones de violencia.

“Ella tenía problemas de adicciones y había denunciado situaciones violentas, pero como no obtuvo respuesta toma la decisión de irse a Córdoba”, dice Pablo a CNN. Esta huida marcó el comienzo de años de incertidumbre. Los niños “desaparecieron”. Hasta ahí es lo que conocía Pablo. Luego vienen tres años de vacío, hasta que fueron hallados.

En un mar donde las versiones para él fueron (y aunque en menor medida, aún son) confusas, Pablo creció sin certezas de cómo ni por qué su entorno familiar era como era. Se crió con sus hermanos mayores por parte de su papá y con un contacto casi inexistente con su mamá. Las preguntas sin respuestas eran muchas y él sentía dolor, pero no sabía cómo desarmarlo.

A su mamá la vio solo una vez cuando tenía 10 años —mucho después de que las autoridades los encontraran— y desde entonces, dice, no quiso volver a verla. “Siempre me negué a querer verla, tuve mucho rechazo porque pensaba que nos abandonó, me crié con esa idea”.

Años después, un malestar para el que no encontraba explicación hizo que reconsiderara esa idea. “Hay cosas que si uno no las saca y las trata, en algún momento explotan. Tuve varias crisis hasta que en una dije ‘bueno, le voy a mandar un mensaje’”. A finales de 2023, Pablo creyó que era momento de acercarse. Entonces viajó a Córdoba para verla. Ya habían pasado 20 años desde su desaparición con sus hermanas.

Es su mamá quien, en ese encuentro, le cuenta que la organización sin fines de lucro Missing Children, de Argentina, los había buscado y que gracias a eso pudieron dar con su paradero.

Pablo rastreó la noticia de ese año y se contactó con las autoridades de la ONG.

“Estoy actualmente en proceso de reconstrucción de mi historia personal y quisiera saber si ustedes conservan algún tipo de archivo, registro, fotografía o constancia del caso. Me encantaría contar con ese material como parte de mi proceso de identidad y memoria. Agradezco de corazón todo lo que hicieron ustedes”, dice la carta que les envió en julio de 2025.

En ese punto, una nueva puerta se abrió para él: pudo hablar con Lidia Grichener, quien era presidenta de Missing Children cuando el caso llegó a la organización, y empezó a dar forma a los pocos recuerdos que surgían.

Pablo supo varias cosas que le habían pasado, pero que hasta entonces desconocía. En 2003, cuando su madre huyó con él y sus hermanas, los separaron: él vivió en un hogar de varones y sus hermanas, juntas, en uno de mujeres. Supo que quedaron bajo asistencia del Estado porque su madre no podía hacerse cargo de ellos “en situaciones acordes”, dice, pero que no se trató de un abandono.

De toda esa incertidumbre, pudo aclarar un aspecto clave: tuvo algunos detalles, los pocos que se conocían, de cómo por casualidad en 2006, tres años después de haber “desaparecido”, regresaron a vivir a Buenos Aires con su papá.

Por ese entonces, una campaña de difusión de Missing Children consistía en poner las imágenes de los niños buscados en boletas de servicios públicos para que, si alguien los reconocía, pudiera dar aviso a la organización. “Prestanos tus ojos” es una de las consignas clave de la organización, que pide la colaboración de la ciudadanía para localizar a niños y niñas desaparecidos.

Fue en octubre de 2006 cuando una trabajadora social y psicopedagoga vinculada al caso de la hermana mayor de Pablo, María, reconoció a la niña en una boleta de teléfono. Supo que una familia los estaba buscando y dio aviso a la organización.

“Gracias a Missing Children se pudo promover el tema de nuestros nombres y las fotos, pero a nivel judicial no había mucho movimiento. Hasta ese momento no se sabía nuestro paradero”, dice Pablo sobre lo que pudo reconstruir con su propia revisión del caso.

En Argentina, Missing Children contabilizaba 120 niños perdidos hasta mediados de mayo. De ese número, 75 son búsquedas recientes, y se trata de un número dinámico. “Varían constantemente los números. Difundimos búsquedas, aparecen, todos los días hay movimientos”, alcaran a CNN desde la ONG.

Más del 95 % de los casos de denuncias diarias —que a veces pueden llegar a ser hasta 4 o 5— se resuelven. En la mayoría de los casos, los niños se encuentran rápidamente y vuelven a sus hogares.

Los 45 restantes son casos de niños que desaparecieron hace años, de los que aún no hay novedades.

Durante tres años, Pablo y sus hermanas fueron parte de ese 5 % de casos.

Su papá, Jorge García, se reencontró con ellos días después del aviso de la trabajadora social. Algunos reportes en medios locales hablan de esa reunión como un momento feliz para el padre y los niños, que regresaron a vivir con él en el barrio Evita, ubicado en la ciudad de Caseros.

Hoy, a la distancia, Pablo parece sentir el impacto que todo eso le generó. La última vez que había visto a su papá tenía apenas meses de vida y ningún recuerdo con él. Regresó a un hogar tan familiar como ajeno: “Yo tenía 4 años, mi papá era prácticamente un desconocido”, dice. Meses después de ese reencuentro, Jorge murió en un incendio.

Hace poco, a raíz de uno de esos recuerdos aislados, Pablo entendió que fue muy corto el tiempo que vivieron con su papá luego de que regresaran a Buenos Aires. El 9 de julio de 2007, una nevada histórica cayó en la capital argentina. Él recuerda que cuando eso ocurrió, ya vivía con uno de sus hermanos mayores por parte de su padre. El tiempo que pasaron con su papá fue entonces menor de un año, reconstruye.

A partir del encuentro con las autoridades de Missing Children el año pasado, Pablo pudo tener la información que necesitaba para acercarse al tribunal de menores de San Martín donde estaba el expediente de su caso.

En ese expediente encontró los nombres de sus abuelos, algunas cartas que escribió su padre, pero no mucha más información, dice. Él esperaba encontrar más datos del lugar donde estuvo los primeros años de su vida, datos de quiénes cuidaron de él por esos años, pero esa información no constaba en los documentos, explica.

Hay cosas que leyó allí que dan cuenta de la vida personal de su padre y su madre, detalles que él prefiere mantener en reserva. Algo, dice, le quedó claro con su búsqueda: “Si yo no hubiese tomado cartas en el asunto para querer saber, a mí nunca me contaron nada, ni me dijeron nada. Entiendo que habrá sido para que no reviva el dolor, para protegerme”.

A los 16 años, antes de conocer lo que hoy sabe sobre su historia, Pablo quería aprender defensa personal y empezó a practicar boxeo. Desconocía que en esas horas de entrenamiento encontraría algo mucho más valioso.

Se recuerda a sí mismo en sus años adolescentes como alguien introvertido, con la autoestima “por el suelo”, y en el boxeo aprendió a cultivar su confianza. “Te muestra que uno puede lograr cosas”.

“El deporte fue un salvavidas en mi vida”, dice. En esa práctica, a la que describe como muy solitaria y en la que en ocasiones la lucha es contra uno mismo, él abrió un espacio para enfrentarse a lo que le pasaba interiormente.

“La presión constante de tener que rendir y lograr cosas me llevó a preguntarme por qué lo hago. Y ahí pensé en todo lo que me sucedió, y sentí la decisión de querer saber, por más que haya pasado lo que sea”, dice.

Cuando competía, usaba el dolor como combustible: “No está mal pero no está bien tampoco, porque uno termina reviviéndolo siempre”.

El dolor por lo vivido en su infancia había tomado gran parte de su identidad y eso no le dejaba margen para pensarse desde otro lugar. Al darse cuenta de eso, se tomó un año de descanso para entender por qué se sentía así, qué podía hacer para cambiarlo y entendió que la falta de certezas sobre su pasado parecía nublarlo todo.

Por eso decidió acercarse a su mamá, para tener las respuestas que de a poco fue encontrando. En paralelo, el dolor dejó de ser el combustible.

Estudió el profesorado de Educación Física, también es profesor de entrenamiento y de boxeo, y da clases en centros del partido de Avellaneda, en la provincia de Buenos Aires.

Pablo dice que hay lugares que terminan siendo para uno más hogar a veces que el propio hogar. El primer abrazo sincero del que tiene registro en su vida, dice, lo recibió de su primer entrenador de boxeo.

Desde entonces, una idea lo acompaña: lo que el deporte y sus profesores hicieron por él, él puede hacerlo por otros. “Yo estuve en la situación que estuve, pero como yo hay mucha gente, quizás en situaciones peores. Me gustaría el día de mañana quizás tener mi propio lugar para los chicos que no tienen lugar seguro y están en una situación de vulnerabilidad”, dice.

Para Pablo todavía hay preguntas sin respuesta, dudas de su caso que aún no pudo resolver y no sabe si podrá hacerlo. Pero, desde que empezó a reconstruir su pasado, algo cambió: ahora puede mirar sus recuerdos desde otro lugar, con la certeza de que es él quien narra su propia historia.

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