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Cuba y Estados Unidos, una historia que desde 1959 viene marcando el ritmo del continente

Por German Padinger, CNN en Español

En el centro de historia reciente de América Latina ha estado, al menos desde 1959, la tensa relación al estilo David y Goliat entre Cuba y Estados Unidos: un vínculo que ha tenido en vilo al continente y que ahora ha vuelto a acaparar la atención a medida que crecen las amenazas hacia la isla desde la Casa Blanca, tras la caída de Maduro en Venezuela.

Washington y La Habana comparten, de hecho, una historia mucho más larga de colonialismo, independencia y revolución. Pero es especialmente desde la llegada de los Castro al poder que la enemistad ideológica y la fricción geopolítica parecen haber marcado el ritmo de toda América.

Personajes como Fidel y Raúl Castro —quien podría ser pronto imputado por el Departamento de Justicia de EE.UU.—, Ernesto “Che” Guevara y Fulgencio Batista se han cruzado con John F. Kennedy y Nikita Kruschev en los inicios, dando paso a nombres como Miguel Díaz-Canel y Donald Trump en la actualidad. En el medio, eventos como el “éxodo de Mariel”, la crisis de los misiles y la ley Helms-Burton se han convertido en parte del léxico popular.

Esta es una breve cronología de la relación entre Estados Unidos y Cuba, esencial para entender por qué, una vez más, ésta nos fuerza a centrar la mirada en una isla del Caribe 140 kilómetros al sur la costa de Florida.

La primera vez que Washington puso su mirada sobre Cuba, la isla era aún parte del Imperio español y atravesaba desde 1895 una guerra de independencia para terminar con el dominio colonial.

Un EE.UU. que comenzaba a expandirse fuera de sus fronteras entró en guerra con España, y en apoyo de los revolucionarios, en 1898. Tras ganar el conflicto, ocupó la isla hasta varios años después de la declaración de la República de Cuba en 1902, aunque posteriormente continuó teniendo una fuerte presencia en el país cuya manifestación más cabal fue la construcción de una base naval en la Bahía de Guantánamo en 1903, y que aún posee.

EE.UU. mantuvo su presencia militar y sus inversiones en la isla durante las décadas posteriores, marcadas por la inestabilidad política y los frecuentes Golpes de Estado.

Pero el equilibrio cambió cuando los revolucionarios liderados por Fidel Castro derrocaron en 1959 al general Fulgencio Batista —él mismo en el poder tras un Golpe de Estado en 1952— e impusieron con el tiempo un régimen comunista en lo que Estados Unidos considera su “patrio trasero” y zona de influencia y seguridad más clara.

La aplicación de amplias sanciones y un embargo comercial a Cuba a partir de 1960, y la fallida invasión de insurgentes cubanos apoyados por Estados Unidos en Bahía de Cochinos en 1961, no hizo sino agrietar la relación y dejar en claro que todo iba a empeorar de ahí en más.

La primera gran crisis entre Washington y Castro no tardó en llegar: en 1962 Cuba y la Unión Soviética, que se había convertido en su garante tras la revolución, acordaron la instalación de misiles nucleares en la isla, es decir a corto alcance de Estados Unidos, presuntamente para evitar otra invasión.

Pero tal decisión no puede ser entendida sin considerar el enfrentamiento global entre Washingon y Moscú conocido popularmente como la Guerra Fría. De hecho, los misiles se instalaron, al menos parcialmente, como respuesta al despliegue de armas nucleares por parte de EE.UU. en Turquía, a corta distancia de la Unión Soviética.

Esta “crisis de los Misiles” se ha convertido en la parte que explica el todo en la Guerra Fría: durante 13 días de tensión extrema, que incluyeron el bloqueo naval de Cuba por parte de EE.UU., el mundo estuvo al filo de una guerra nuclear. Afortunadamente, el presidente estadounidense John F Kennedy y el líder supremo de la URSS, Nikita Kruschev, llegaron a un acuerdo para evitar el conflicto, retirando los misiles de Cuba y de Turquía.

Pero la crisis dejó un legado que persiste: desde entonces Estados Unidos y Cuba son enemigos acérrimos, casi existenciales, y representantes en el continente de dos formas antagónicas de concebir el mundo.

A comienzos de la década de 1980 el Gobierno de Fidel Castro permitió a sus ciudadanos dejar el país a través del puerto de Mariel, lo que hasta ese momento era imposible y solo podía hacerse ilegalmente en embarcaciones pequeñas. 125.000 cubanos abandonaron la isla y entraron en Estados Unidos, sumando la tensión migratoria al cóctel explosivo de la relación entre Washington y La Habana (casio 650.000 cubanos dejarían la isla en décadas posteriores gracias a la política de “pies secos, pies mojados” que daba residencia automáticas a quienes arribaban a EE.UU.).

Ya en 1994, ambos países firmaron un acuerdo para intentar reducir la inmigración ilegal a la mitad, en un momento de grave crisis económica y deterioro en Cuba provocado por la caída de la Unión Soviética en 1991, su principal benefactor.

A este momento histórico se lo conoce como “período especial” y su sola mención en Cuba evoca amargos recuerdos de privaciones, apagones, hambre y grandes protestas conocidas como el “Maleconazo”, situación que muchos han comparado con la crisis actual en la isla tras el derrocamiento de Maduro por parte de EE.UU. y el cese de los envío de petróleo venezolano a la isla.

En medio del “período especial” se aprobó en Estados Unidos la legislación Helms-Burton, que profundizó el embargo a Cuba al limitar las operaciones comerciales de otros países en la isla.

La norma, que impactó en la economía cubana en su primer momento, llegó en medio de altas tensiones entre Washington y La Habana tras el derribo de dos aviones civiles que pertenecían al grupo anticastrista “Hermanos al rescate” por parte de la Fuerza Aérea de Cuba en 1996, en el cual murieron tres estadounidenses.

Durante la presidencia de Barack Obama en EE.UU., la relación con Cuba entró en uno de los períodos de mayor distensión y las tensiones aplacaron.

En 2014, tras un intercambio de prisioneros, Washington y La Habana declararon sus intenciones de restablecer relaciones diplomáticas y reabrir sus respectivas embajadas, y en 2015 se anunciaron facilidades para viajar entre Estados Unidos y Cuba.

Ese mismo año Obama se reunió con Rául Castro, hermano de fidel y presidente desde el 2008, en Panamá, la primera cumbre entre líderes de ambos países en más de 50 años.

Y en 2016, el año de la muerte de Fidel Castro, se levantaron algunas sanciones, se restablecieron los vuelos directos y Obama visitó Cuba, la primera visita de un presidente estadounidense en 88 años.

Pero tan espectacular como parecía aquel deshielo, no podía durar.

Durante la primera presidencia Donald Trump, iniciada en enero de 2017, la relación entre Cuba y Estados Unidos volvió rápidamente a empeorar y ese mismo año se reimpusieron parte de las sanciones quitadas por Obama y se restablecieron las restricciones a los viajes, en parte como consecuencia de lo que Washington señaló como “ataques acústicos” contra su embajada en La Habana.

Y en 2019 se endurecieron aún más las restricciones a los viajes a Cuba desde EE.UU. y se volvió a declarar al país como estado patrocinador del terrorismo, una etiqueta que Obama le había quitado durante su presidencia.

Poco cambió durante la presidencia del demócrata Joe Biden, que sucedió al republicano sin tener a Cuba en su agenda de prioridades, pero tras el retorno de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, la relación entre Washington y La Habana dio otro giro para peor.

Trump fue primero por Venezuela, el último aliado de Cuba, y el 3 de enero derrocó a su presidente, Nicolás Maduro, y lo llevó a Nueva York, donde enfrenta un juicio por presunto presunto narcoterrorismo que el líder rechaza.

La caída de Maduro apretó la cuerda sobre Cuba, al suspenderse los envíos de petróleo a la isla, lo cual elevó el número de apagones masivos y un provocó un deterioro aún mayor de las condiciones de vida. Y ahora, el Departamento de Justicia de EE.UU. estaría incluso preparando una imputación contra el expresidente cubano Raúl Castro, hermano de Fidel, que marcará, de concretarse, una escalada no vista hasta el momento.

“Cuba será el siguiente”, dijo Trump a finales de marzo, dejando en claro su voluntad de poner fin a la Revolución que inició Castro. Si lo hace, será el momento más dramático de una relación entre dos países que lo ha tenido todo, incluso una antesala de guerra nuclear, y que ha marcado el compás para todo un continente.

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